martes, 03 de febrero de 2009

Publicado por fpaya @ 17:06


Estimado don Moisés,

 

Mucho agradezco, de verdad, el artículo de opinión que ha remitido Usted del académico de origen ibérico y profesor de la Universidad de Navarra, Oscar Elía Mañú, aparecido el pasado 21 de enero del 2009 en el portal electrónico del Grupo de Estudios Estratégicos (GEES), organización civil española que claramente se autodefine a la vez como “liberal” y “conservadora”. Vid:  http://www.gees.org/articulo/6160/

 

Debo confesarle que me ha gustado mucho el enfoque de dicho artículo, aún cuando hay algunos puntos en los que absolutamente no puedo concordar.  Me ha llenado de emoción que lo hubiese compartido Usted con esta Lista  -cosa que honestamente agradezco-  debido a que son escasos los análisis con tal profundidad de detalle los que tenemos oportunidad de leer ocasionalmente.

 

Me ha llamado la atención -desde un inicio- el punto de vista que marca el autor a mediados del siglo XX en la Universidad de París I (La Sorbona), al oponer dialécticamente y contrastar la tesis existencialista del filósofo y científico social de origen alsaciano Julien Freund respecto de la guerra en su obra “La Esencia de la Política”, a las ideas pacifistas de su tutor socialista el filósofo de origen aquitano Jean Hyppolite.  Encuentro en el artículo que Usted remite, un fuerte e insoslayable contenido ideológico, con el que no comulgo para los efectos de un análisis de esta naturaleza.  Es precisamente a proósito de ello mismo que noto, en ese artículo, la manifestación (en el plano de lo político) de una prolongada discusión filosófica  -en mucho añeja y ya disipada históricamente-   entre el idealismo hegeliano del siglo XIX y la filosofía analítica del siglo XX (que definitivamente llegó a permear luego al racionalismo webberiano –“el Estado como expresión de la fuerza”-, concepto sobre el que al final de cuentas parece descansar Elía MañúGuiño.  El primero (idealismo hegeliano), que se refleja entre las concepciones de Hyppolite y que el autor Oscar Elía Mañú no duda en descalificar como “pacifismo moral”, y el otro (racionalismo webberiano) que se escurre entre las concepciones de Julien Freund y que el mismo autor llega a catalogar y justificar como “realismo político”.

 

Sobre esa misma base, resulta a la vez interesante en la concepción del autor español que se comenta, la existencia de diversos tipos de pacifismos, tales como el pacifismo moral (una suerte de estoicismo benevolente, de tipo “suicida”, donde no se hace uso de la fuerza aún cuando se provoque), el pacifismo jurídico (que viene dado por el multilateralismo, respeto del derecho Internacional vigente, la reducción del ius ad bellum, y la limitación del casus belli) y el pacifismo ideológico (un tipo más pragmático y realista, que el autor denomina algo así como hipócritamente “progresista”, donde la eliminación de la guerra depende de la eliminación de las causas de la guerra, de donde contradictoriamente resulta que en muchas se hace necesaria la guerra para obtener la paz).  Para empezar, habría que entrara a considerar seriamente qué entiende este autor verdaderamente por pacifismo, ya que esta última concepción  -al menos-  me resulta muy poco potable.

 

Pero a todo esto, la descalificación del pacifismo  -como doctrina filosófica-  viene dada por este autor sencillamente a la par del ejemplo que brinda sobre el polémico ex–Ministro de Defensa español durante el 2004-2006, el político del PSOE de origen albaceteño José Bono Martínez, de quien cita que en algún momento señaló “Yo prefiero que me maten a matar”.  Elía Mañú aprecia en dicha cita una manifestación inmoral ya que, en una concepción fundamentalmente socrática (escuela de pensamiento que, paradójicamente, es también criticada por el mismo autor), considera que lo propio del gobernante es preferir matar antes que morir, y eleva tal máxima un imperativo moral:  “Cuando el responsable político abraza este pacifismo moral, abre de par en par las puertas a la inmoralidad”.

 

De sobra está decir que, aunque entiendo dicha aseveración del autor español en su justo contexto, me parece que convertirla sin embargo en una máxima ética o imperativo moral, resulta abruptamente desproporcionado y radical, aún desde una perspectiva ideológica como la que asume el autor.

 

Es así como aún cuando podría concordar en algunos de los reparos que hace el autor al Sistema Internacional moderno, debo ante todo señalar que, no obstante, difiero sustancialmente de él ya que como estudioso del Derecho Internacional  -pero ante todo como costarricense-  creo firmemente en la paz como un valor intangible y universal, y creo en la proscripción de la guerra en la medida en que en el escenario jurídico actual se encuentra prohibida como instrumento de política internacional y es restringida –sólo como última ratio-  a situaciones de verdadera excepción, únicamente.  En este sentido, tampoco me resultan satisfactorias ni razonables muchas de las críticas de Elía Mañú al Sistema Internacional de hoy, ya que en su apología de la guerra y del uso de la fuerza como instrumento político, pasa por descalificar explícitamente al Derecho Internacional moderno.  Y aún cuando se pronuncia a favor del derecho humanitario internacional (“ius in bello&rdquoGuiño como una “necesidad humana” para “establecer límites al uso de la guerra y levantar barreras jurídicas y morales a su desarrollo”, también termina descalificándolo junto con el Derecho Internacional en general, ya que en su intento por justificar la existencia de aquella disciplina particular lo hace únicamente en el tanto en que efectivamente existan guerras donde puede aplicarse, independientemente de toda legalidad internacional.

 

Adicionalmente, no me resulta ni remotamente de recibo el decir del autor de que “contra lo que el pacifista parece pensar, quien renuncia al uso de la fuerza no sólo no la elimina, sino que la provoca”, ni su posterior veredicto donde  -parafraseando al ampliamente conocido escritor belicista y reaccionario alemán Ernst Jünger- señala que "un Estado que se abandona al pacifismo será devorado exactamente como un animal que ha renunciado a defenderse".

 

Honestamente, me han sorprendido dichas aseveraciones en el contexto de esta Lista.  Como costarricense, me ha correspondido  -afortunadamente-   vivir y crecer en un país que por muchas décadas no sólo se ha “abandonado” en ese pacifismo que el autor critica y censura, y que precisamente así se le ha conocido  -como ejemplo y baluarte de paz-  en todos los rincones del planeta.  También, ha sido gracias a una tradición política de la cual me enorgullezco sin ambages como costarricense y como liberacionista, que vivo hoy vivo en un país en el que, porque desde hace ya casi seis décadas ha renunciado constitucionalmente al uso de la fuerza, dichosamente mi generación no conoce la guerra ni los efectos del conflicto armado.  Hasta donde sé, ni en la aspiración a nuestro ideal colectivo de paz, ni en la típica vivencia de una inusual utopía pacificadora, Costa Rica ha sido presa de ningún carnicero, ni en nuestro pacifismo habitual (quizás algo cándido, dirían algunos como Elía MañúGuiño hemos despertado el uso de la fuerza por parte terceros países.  Más bien ha sido todo lo inverso.  Creo firmemente, estimado Moisés, que dichosamente ha sido la experiencia y la misma idiosincrasia costarricense las que desde mediados del siglo XX se han encargado de desmentir todo dicho en contrario.

 

Sin embargo, para contextualizar debidamente las apreciaciones que Usted comparte con la Lista, y a la vez necesariamente diferenciar dos niveles de discusión distintos (el uno, relativo a la legalidad del uso de la fuerza según el Derecho Internacional general y, el otro, relativo a la aplicación del Derecho Internacional Humanitario a toda situación de conflicto o violencia armada), me resulta ineludible hacer una precisión conceptual que en una oportunidad anterior tuve ya la ocasión de compartir con otro compañero de la Lista.  En este sentido, para entender claramente a Oscar Elía Mañú, es necesario tener en consideración que, tal como lo señala René Jean Wilhelm en su monografía sobre  "Quelques Considérations Générales sur l'Évolution du Droit International Humanitaire" (En la obra compilada por Delissen, Astrid J. M.; y Tanja, Gerard J. Humanitarian Law of Armed Conflict: Challenges Ahead. Dordrecht: Martinus Nijhoff Publishers, 1991, p. 40), una de las grandes dificultades teóricas del Derecho Internacional Humanitario moderno, sobre todo en el siglo XX a partir de las doctrinas del "outlawry of war" y el "ius contra bellum", ambas muy en boga dentro del pensamiento occidental a partir de la época de entreguerras y de la posguerra, ha consistido en que, por lo general, las diversas escuelas filosóficas de signo fundamentalmente pacifista que claman por la proscripción de la guerra, en la praxis han ido siempre de la mano con las teorías jurídicas humanitarias sobre la regulación y limitación de las hostilidades:  "(&hellipGuiño les efforts des hommes pour mettre un frein ou un terme à la violence armée restent primordiaux. Parmi ces efforts figurent ceux qui tendent a supprimer la guerre et ceux, dont nous nous (sic) occupons dans cet essai, qui s'efforcent d'en restreindre les maux, notamment en fixant des limitations d'ordre juridique à l'arbitraire des belligérants, les uns et les autres étant nécessaires et complémentaires"  ["… los esfuerzos de los hombres para poner freno o un término a la violencia armada siguen siendo primordiales. Entre estos esfuerzos figuran los que tienden a suprimir la guerra y aquellos, de los que nos ocupamos en este ensayo, que se esfuerzan en limitar los males, en particular, fijando limitaciones de orden jurídico al arbitrio de los beligerantes, los suyos siendo necesarios y complementarios de los otros"].   Justamente por ello es que por más nobles y sublimes que resulten, las ideas del desarme y del pacifismo muchas de la veces plantean serios problemas epistemológicos sobre el carácter y naturaleza de las normas y principios del Derecho Internacional en general, y particularmente del Derecho Internacional Humanitario, sobre todo en los operadores o analistas militares de los Estados o cualesquiera otras partes dentro de un conflicto armado.  Justamente por eso mismo, no podemos confundir la hinchazón con la gordura.

 

Pero a todo ello, dejando claro que una cosa es el respeto al Derecho Internacional Humanitario y sobre el cual no pesa justificación alguna en contrario, y que otra cosa es la proscripción legal (o cuando menos la limitación) de la guerra que para los efectos podría traducirse en eso que el autor Elía Mañú denomina el “pacifismo jurídico”, también resulta necesario advertir un asunto adicional que ha sido traído a colación a través del artículo que se ha compartido.  En este sentido, me resulta sumamente difícil admitir, ni menos concebir en esta Lista, doctrinas militares como esa que justamente cita ese autor español al hacerse eco de la antigua máxima romana postulada desde el siglo IV A.D. por Flavio Vegecio Renato (antes de su conversión al cristianismo) en su “Epitoma Rei Militaris” y que ha servido de justificación para tantísimas guerras a través de los milenios, y donde precisamente señala “si vis pacem, para bellum” que en español se traduciría exactamente como “si deseas paz, prepárate para la guerra” [contextualmente: “Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum”], y todo ello bajo la consideración expresa de Elía Mañu de que, contrariamente al pacifista, “el realista puede mostrar a su favor el hecho de que [esa] es la fórmula más segura para garantizar la paz de los suyos”, o sea la fórmula de la guerra.

 

Debo agregar que, aunque en menor medida, tampoco me parece afortunada la referencia que hace el autor a Tucídides dentro de ese mismo contexto de análisis teórico, para deslegitimar el orden internacional moderno y con ello pretender destacar la inmoralidad del Derecho Internacional vigente.  Y ello porque la sola analogía con esta narrador ateniense evoca la ancestral doctrina militar del “proschema” (ποσχμα [přoschēma]), término acuñado por este autor griego en su “Historia de la Guerra del Peloponeso” [Ιστορία του Πελοποννσιακού Πολέμου] 431-404 a.C., con el que se designa la estrategia militar de justificar públicamente los motivos reales y ostensibles de la guerra a través de “motivos aparentes” o “supuestos propósitos como aspectos visibles y externos, y que  -como tristemente lo pone en relieve la experiencia humana-  ha servido de propósito a innumerables guerras hasta nuestros días.

 

Por último, estimado don Moisés, en el artículo que Usted comparte, he podido apreciar una enorme falacia, y que en gran medida ha sido recurrente en algunas personas que han participado de esta Lista a través de las discusiones de las últimas semanas, en cuenta Usted como debo señalarlo con el debido respeto.  Me explico:  He tenido la impresión de que en ocasiones hay quienes en esta Lista han pretendido identificar cualquier oposición al conflicto armado en el Medio Oriente, a las actuaciones bélicas en la Franja de Gaza o, más específicamente, cualquier preocupación de índole humanitaria provocadas por dicho conflicto, como un asunto esencialmente ideológico y particularmente ligado a aquellas concepciones desde la izquierda del espectro político.  El autor Oscar Elía Mañú lo hace aún más evidente al señalar que “el pacifismo ideológico bebe directamente de los dogmas del líder bolchevique”, y luego que “Marx y Engels identificaron en la economía moderna el origen de la expansión militar europea hacia otros continentes; Lenin y Luxemburgo establecieron el vínculo definitivo, la relación capitalismo- imperialismo que durante un siglo fascinó a la izquierda burguesa europea, y proporcionaron la solución para la paz duradera: la lucha de clases y la revolución final”, y por último que “La izquierda, ayer como hoy, considera que la guerra es la continuación de la política liberal-capitalista por otros medios”.

 

La falacia evidente, radica pues en considerar, en primer lugar, que cualquier manifestación en un sentido similar a los que he señalado, resulta estrictamente de una toma de posición ideológica.  Y ello podría lógicamente conllevar a una errónea concepción transitiva, como creo que ha sucedido con algunos estimables compañeros en esta Lista, en el sentido de que cualquier manifestación en aquellos sentidos, resulta pues exclusivamente dominada por aquellas doctrinas a la izquierda del espectro político.  Se trata de un sofisma en el que “si la izquierda es proclive al pacifismo, ergo, todos los pacifistas son de izquierda”.  Cuando, en realidad el asunto, en mi humilde criterio, más que político-ideológico posee una clara dimensión forense.  Por eso, me resultan difíciles de admitir algunas opiniones que he podido apreciar, cuando hay quienes han pretendido descalificar algunas aseveraciones partiendo del hecho de que todo aquel “en contra” es un dogmático de la izquierda.

 

Por último, al terminar de leer ese artículo que Usted comparte, no puedo más que reafirmar como costarricense mi repudio a las tesis reaccionarias y extremistas como algunas de las que han sido traídas a colación por este autor, tesis que algunas han tenido el mérito de ser unas más reservadas que otras, a través de citas más o menos directas y delicadas referencias a diversos autores y escuelas de pensamiento de distintos momentos.

 

Es precisamente sobre este último punto que  -debo confesárselo, don Moisés-  me siento honestamente desconcertado.  No pretendo descalificar la autorizada opinión del doctor Oscar Elía Mañú por su simple filiación política, ni tampoco el valor teórico de sus exposiciones por ese sencillo hecho, como nunca ha sido mi costumbre hacerlo.   Pero me resulta muy difícil digerir un texto traído a esta Lista, cuando está plagado de citas y referencias a sendos autores europeos que, precisamente como es el caso de los autores alemanes Carl Schmitt y Ernst Jünger y, en muchísima menor medida el autor francés Julien Freund (a quien el mismo autor español Elía Mañú ha catalogado como “demasiado cercano al culturalmente marginado Carl Schmitt” y quien además fue incluso parte de la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial); autores que no sólo han mostrado una mayor simpatía a doctrinas y corrientes belicistas durante buena parte del siglo XX, sino además sobre quienes precisamente han pesado hasta la fecha serios cuestionamientos políticos, especialmente por sus diversos grados de cercanía o simpatía con el nacionalsocialismo alemán de aquella época.

 

En definitiva, pienso que se trata de un asunto para meditar.

 

Saludos cordiales.



GEES

¿Es el pacifismo inmoral?

Por Oscar Elía Mañú

En letra impresa nº 1106   |  21 de Enero de 2009

 

 

Cuando la victoria, en forma de paz estable, asoma por el horizonte iraquí, los recuerdos de las manifestaciones de 2003 contra la operación angloamericana provocan la mueca burlona en quienes la defendieron, mientras quienes la criticaron parecen aquejados de la más absoluta de las amnesias. Hace casi seis años, cientos de miles de personas, espoleadas por casi todos los medios de comunicación, se lanzaron a la calle. Pero todos ellos tenían poco en común, y enarbolaban un pacifismo que era, en cada uno de ellos, distinto. Encarnaban, al menos, tres tipos distintos de pacifismo; unos tipos de pacifismo que, lejos de la superioridad moral que se les suele atribuir, podrían constituir claros ejemplos de inmoralidad política.

 

La tragedia del pacifismo moral

 

En los años sesenta Jean Hyppolite era uno de los mandarines del mundo universitario y cultural francés. Compañero de Sartre y Aron en la Escuela Normal Superior (de la que posteriormente sería director), profesor en la Universidad de Estrasburgo y en el Collège de France, Hyppolite tuvo por discípulos a gente como Michael Foucault, Jacques Derrida o Gilles Deleuze. Fue uno de los más respetados traductores e interpretadores de Hegel en el efervescente mundo cultural francés de la segunda mitad del siglo XX, al tiempo que un socialista y un pacifista convencido.

 

En los sesenta, el joven doctorando Julien Freund pidió a Hyppolite que le dirigiera la tesis. Resistente durante la guerra, políticamente realista, y demasiado cercano al culturalmente marginado Carl Schmitt, el trabajo doctoral de Freund reconocía la realidad existencial de la guerra y de las nociones políticas de enemigo, violencia y fuerza. La respuesta de Hyppolite estaba en coherencia con lo que Hyppolite era: "Soy pacifista y socialista. No puedo patrocinar una tesis en la que se declara que sólo existe política donde hay enemigo". Ironías de la historia, la tesis de Freund –que incluyó a Hyppolite en el tribunal que debía juzgarla– acabó siendo tutelada por Aron y Schmitt; hoy es un clásico de la filosofía política y del conflicto.

 

Al igual que la de Schmitt , la obra de Freund se funda en el carácter sustancial de lo político y de las nociones amigo-enemigo. Demasiado para un socialista pacifista como Hyppolite: "Si usted tiene razón, no me queda otra salida que cultivar mi jardín", dijo cuando le tocó responder a la presentación de Freund. A lo cual éste replicó, descarnada y contundentemente: "Como todos los pacifistas, piensa que es usted quien designa a su enemigo. Desde el momento en que no queramos tener enemigos, no los tendremos, piensa. Ahora bien, es el enemigo el que le elige a usted. Y si él quiere que usted sea su enemigo, lo será. Y le impedirá incluso cultivar su jardín"[1]. La réplica de Hyppolite no fue menos contundente: "Entonces, sólo me queda el suicidio".

 

Ante la descarnada realidad que Freund le puso ante los ojos, Hyppolite no pudo menos que reconocer que sus convicciones pacifistas le habían conducido a un callejón sin salida. El suicidio. Si la guerra pertenece a la política, de tal manera que no es posible concebir la una sin la otra, si la enemistad constituye la esencia de lo político, el pacifista moral queda abocado a moverse en un mundo sin sentido; y un mundo sin sentido es un mundo en el que la vida carece de valor.

 

La desesperación de Hyppolite da cuenta de los límites del pacifismo moral. El "antes rojos que muertos" no sólo era una afirmación ideológica de una izquierda voluntariamente ciega (¿?): era, para muchos, la afirmación suprema del pacifismo, que no es otra que el sacrificio; la demostración de la superioridad moral de quienes aceptan convertirse voluntariamente en objeto de la violencia. El pacifismo de la no violencia no puede mostrar su valor en una historia en la que tiene las de perder; por eso mismo recurre al sacrificio, a la admisión de la propia muerte, por injusta que sea, antes que la del prójimo.

 

En último término, la fuerza moral de este pacifismo descansa en el hecho de que el imperativo paz a cualquier precio empieza por uno mismo y es invariable, pase lo que pase. No sólo la esclavitud política o la rendición incondicional: la propia aniquilación se acepta de buen grado; de hecho, constituye la máxima afirmación pacifista, la prueba irrefutable de moralidad. Para que el pacifista moral sea consecuente, ha de llevar el rechazo al uso de la fuerza hasta sus últimas consecuencias.

 

Preferir morir a matar honra al religioso, al socrático que se conforma con detectar la inmoralidad del injusto y soportarla. Es gente que acepta el sufrimiento a cambio de una moralidad absoluta, incuestionable. Mueren por no matar, y esperan con su ejemplo denunciar una injusticia. Ahora bien, ¿puede extenderse este maximalismo moral a la política? alejado de cualquier sutileza ideológica o política, José Bono mostró la atracción que ejerce el sacrificio sobre el pacifista. "Yo prefiero que me maten a matar; soy un ministro de Defensa", dijo en su momento.

 

Lo cierto es que la actitud de Bono devino irresponsabilidad e inmoralidad. Si hay alguien en una sociedad que deba preferir matar a morir, y hacer de ello un imperativo moral, es precisamente el ministro de Defensa. Sobre él recae la responsabilidad de defender a la comunidad de las amenazas que sobre ella pesen. No será él quien tenga que matar ni –mucho menos– morir: serán aquellos que estén a su cargo los que hayan de soportar las penalidades de la agresión violenta.

 

El Gobierno del Frente de la Paz parece hacer suya la máxima del político manchego. Pero no son sus miembros los que mueren en nombre del pacifismo, sino unos individuos, los soldados, cuya profesión les exige seguir la máxima opuesta. Y será la sociedad en su conjunto la que, en las peores circunstancias, sufrirá los males de la renuncia institucional al uso de la fuerza.

 

Cuando el responsable político abraza este pacifismo moral, abre de par en par las puertas a la inmoralidad. ¿Puede el pacifismo ser inmoral? Sin duda. El ejemplo del ex ministro de Defensa habla por sí solo: cuando los destinos de la comunidad dependen de quien renuncia de antemano a defenderla, cuando éste traiciona la responsabilidad que le ha sido confiada, la inmoralidad es evidente.

 

Lo que al pacifista moral le repugna de la política es que el ministro de Defensa –así como el resto de responsables políticos– tenga entre sus tareas la de matar en determinadas circunstancias. No podemos menos que simpatizar con ese sentimiento; e inquietarnos cuando el encargado de movilizar tropas y adquirir carros de combate o aviones decide dejarse guiar por él en vez de cumplir con su deber.

 

En la Europa pacifista y hedonista, la afirmación de que algunos están llamados a matar en nombre de los demás mueve a escándalo. Suena a herejía democrática, provoca indignación a izquierda y derecha. Matar carece de sentido para las democracias actuales. Pero el problema no está sólo en esta actitud, sino en el hecho de que ni siempre ha sido así, ni hoy, fuera de la sociedad, moderna, existe alguien tan ingenuo como para pensarlo. CONFUSO. La enemistad es la esencia de lo político, y en algunos casos alcanza tal intensidad que acaba desatando la violencia, por mucho que consterne o indigne a los pacifistas sinceros.

 

En el siglo XXI, el pacifista confunde sus deseos con la realidad, tal y como lo hacía antes del 11-S. Como afirma Freund, no está en su mano elegir el enemigo; "si él quiere que usted sea su enemigo, lo será".  Y si quiere declararle la guerra, la declarará. El pacifista baja los brazos, muestra las palmas ante la amenaza yihadista, se indigna ante la expedición aliada a Iraq. ¿Elimina así la guerra? Quizá sí de su conciencia; puede evitar la guerra apelando a la paz, pero no evitará que, tras ser declarado enemigo, la furia y la violencia se ciernan sobre él. Incluso la conciencia que clama por la paz estará en peligro tan pronto como se ponga en juego su existencia y la de las que le rodean.

 

Contra lo que el pacifista parece pensar, quien renuncia al uso de la fuerza no sólo no la elimina, sino que la provoca. "un estado que se abandona al pacifismo será devorado exactamente como un animal que ha renunciado a defenderse" (Jünger). La renuncia al uso de la fuerza sólo tiene sentido en un entorno en el que todos renuncien a ella; realidad evidente, a condición de abrir los ojos a la historia y a la propia realidad. Desde Ben Laden a Putin, Chávez o Ahmadineyad, el globo rebosa de tiranos dispuestos a devorar a sus semejantes. El si vis pacem para bellum escandaliza al pacifista, pero el realista puede mostrar a su favor el hecho de que es la fórmula más segura para garantizar la paz de los suyos. El pacifista, por el contrario, comunica su disposición a la rendición, y al hacerlo estimula a quien no tiene interés alguno en mantener la paz.

 

El pacifismo absoluto no sólo provoca la guerra: la hace aún más violenta. El belicista, el depredador humano huele el miedo; las manos blancas que el pacifista opone a su agresor sólo le provocan desprecio. Es el desprecio del vosotros amáis la vida, nosotros amamos la muerte (Ben Laden), de las bufonadas criminales de Hugo Chávez, de las amenazas de tantos terroristas y tiranos. A cada cesión democrática, a cada paso atrás de las sociedades libres, el tirano responde dando un paso hacia delante, preparando nuevas reivindicaciones, elevando el tono de las exigencias. Eligiendo un camino que cree que conduce a la paz, el pacifista logra el resultado contrario. Hace real la inversión de la fórmula: si vis bellum para pacem, hasta que es demasiado tarde.

 

El deseo de mantener la paz es tan noble como deseable; convertido en imperativo categórico, no es lo uno ni lo otro. El gobernante pacifista no sólo no actúa por la paz, sino que se precipita en el oscuro mundo de la guerra sin saberlo, sin pretenderlo y sin haber preparado a los suyos para hacer frente a las amenazas. Es así como la responsabilidad se torna imprudencia y, en el peor de los casos, inmoralidad de la peor especie; la que afecta a aquellos gobernantes que olvidan que la comunidad ha depositado en sus manos el monopolio de la fuerza y la función de garantizar la supervivencia de la sociedad.

 

Los límites del pacifismo jurídico

 

Forzoso es reconocer que el pacifismo no siempre alcanza un carácter absoluto; las más de las veces tiende a él pero sin llegar a constituir una invitación al suicidio. Si el pacifismo moral hace abstracción de las condiciones diplomático-estraté gicas, sus variables moderadas las reducen a una de sus dimensiones. Es el caso del pacifismo jurídico, la paz por medio del derecho. De los tres tipos de pacifismo, parece el más extendido al comienzo del siglo XXI; de manera zafia y soez, el lema acerca de la guerra de Iraq: inmoral, ilegal, ilegítima, resuena aún hoy en las declaraciones de Rodríguez Zapatero, y muestra los límites reconocibles del pacifismo jurídico.

 

En 1919, una Europa agotada por la Gran Guerra firmaba los tratados de Versalles. Los firmantes, "para fomentar la cooperación entre las naciones y para garantizar la paz y seguridad", daban en "asegurar ciertos compromisos de no recurrir a la guerra". Compromisos que encontraban en la Sociedad de Naciones la autoridad necesaria para hacerlos cumplir:

 

Toda guerra o amenaza de guerra, afecte o no directamente a alguno de los miembros de la Sociedad, interesa a la Sociedad entera, la cual deberá tomar las medidas necesarias para garantizar eficazmente la paz de las naciones (art. XI).

 

En el Pacto de Versalles aparecen los elementos que Woodrow Wilson había señalado un año antes en su discurso de los Catorce Puntos, y sobre ellos se establecía la existencia de una autoridad mundial con legitimidad para hacer cumplir los preceptos de la paz. No pareció suficiente: en 1928 la humanidad daba un paso más: se firmaba el pacto Briand-Kellogg; sus firmantes lo bautizaron ambiciosamente Tratado General de Renuncia a la Guerra, y sobre él estamparon sus firmas los mandatarios de las potencias que diez años antes se habían despedazado a modo. ¿Cabía mejor voluntarismo que el expresado en el primer artículo: "Las altas partes signatarias declaran solemnemente en nombre de sus naciones, que condenan la guerra como medio de solución de controversias internacionales y que desisten de su uso como herramienta de la política nacional en sus relaciones mutuas"?

 

El pacto pretendía enterrar definitivamente la tentación humana de acudir a la guerra mediante el mecanismo de invertir la fórmula clausewitziana sobre la relación entre guerra y política: "La reglamentació n y la decisión sobre cualquier conflicto jamás será buscada por otros medios que no sean los pacíficos" (art II). La política, lejos de contener en sí misma la guerra como posibilidad y realidad inquietante, tendría como objetivo el evitarla. La política y el derecho no reglamentarían la realidad de la guerra; simplemente acabaría con ella.

 

Pero poco después los mismos países que se comprometieron solemnemente a renunciar a la guerra desencadenaban el infierno sobre la tierra; fueron los fusiles y artefactos franceses, italianos, alemanes, norteamericanos los que mataron a millones de personas en todo el mundo. La II Guerra dio paso además a la extensión del imperio bolchevique por Europa, lo que no impidió que el ideal de la paz por el derecho resucitara tras el armisticio. El nuevo intento nació con las Naciones Unidas, en cuya Carta se habla de "asegurar, mediante la aceptación de principios y la adopción de métodos, que no se usará la fuerza armada sino en servicio del interés común". Tanto la Sociedad de Naciones como las Naciones Unidas no se quedaban en una afirmación de voluntades: proporcionaban los mecanismos legales y jurídicos para llevar a efecto unas intenciones que todos sus integrantes afirmaban compartir.

 

La violencia legítima quedaba severamente limitada: sólo en caso de legítima defensa y sólo si contaba con el respaldo de la comunidad internacional, el uso de la fuerza tenía justificación. Depositada en el Consejo de Seguridad y en la Asamblea General , la legalidad internacional buscaba reducir la política entre naciones a su aspecto diplomático. Las conferencias sustituirían a los cañones, las cumbres a las bombas, los diplomáticos a los generales. Para el pacifista jurídico, toda guerra es, en primer lugar, ilegítima, puesto que sólo la ONU puede autorizarla; y, en segundo lugar, ilegal, porque la ONU, de hecho, la proscribe como instrumento político.

 

Los idealistas no desconocían, y no desconocen, el carácter imperfecto de la legalidad internacional. Reconocen su carácter limitado, pero ven la botella, al menos, medio llena. Creen –probablemente con cierta razón– que sin la ONU las guerras serían más y más despiadadas. Los realistas, por el contrario, advirtieron desde el principio acerca de dos cosas. En primer lugar, de que la paz por el derecho era contraria a la naturaleza de la política. En tanto que siga existiendo vida política –razona el realista– seguirá existiendo la distinción fundamental entre amigo y enemigo; distinción relativa o absoluta, pero real en todo caso. La guerra, al contrario que lo que busca el pacifismo jurídico, no desaparece por medio del derecho.

 

La segunda advertencia era ésta: puesto que la guerra seguiría existiendo, con independencia de que fuera reconocida o no, arrojarla fuera de los usos y costumbres –es decir, fuera de la ley– significaría eliminar cualquier límite a su empleo. Al prohibirla, la comunidad internacional eliminó el sentido que el ius ad bellum y el ius in bello venían teniendo: limitar el uso de la guerra y limitar el uso en la guerra. Desde entonces, la guerra se ha extendido e intensificado como nunca antes. La era contemporánea es la era de la prohibición de la guerra; también de su extensión y de su carácter absoluto.

 

¿Acierta el realista en sus advertencias? El pacifista jurídico confía en la legalidad internacional para acabar con unas guerras que se han multiplicado desde que fueron prohibidas. Pero el derecho no es causa de la unidad humana; es más bien su consecuencia. El Estado, depositario del monopolio de la fuerza, lo es por convención humana. Los realistas aciertan en lo fundamental; la creencia en la existencia de un Estado Mundial es una ficción, porque la unidad de la humanidad lo es. En tanto que exista una pluralidad de poderes capaces de emplear la fuerza, la analogía con el Estado Nacional carece de sentido; en la medida en que la Asamblea General esté poblada de tiranos y déspotas, la unidad en democracia será inexistente.

 

Frente a las pretensiones jurídicas, la comunidad internacional se mantiene en un permanente estado de naturaleza, y los acontecimientos no parecen apuntar en otra dirección que el equilibrio de poderes –cooperación y enfrentamiento– típico desde Tucídides. Si el final de la Guerra Fría trajo alguna esperanza no fue en este sentido; más bien asistimos al nacimiento de un equilibrio inestable y multipolar donde ni el Estado nación ni la ley desempeñan el papel con el que el idealismo jurídico sueña.

 

La creencia en la existencia de una autoridad planetaria ("La seguridad y la paz sólo se extenderán con la fuerza de las Naciones Unidas", dijo Rodríguez Zapatero en 2004) da la razón a los pesimistas: no será la humanidad unida la que emplee la violencia legítima en nombre del ser humano, sino los distintos países, en nombre de causas justas o de empresas egoístas pero siempre particulares. Lo harán en nombre de una humanidad a la que dicen representar, pero a la que sólo en contadas ocasiones pueden, de hecho, representar. No será su adecuación a las resoluciones de la ONU,  a los votos de Rusia o China, lo que señalará el carácter justo o injusto de la intervención angloamericana en Iraq.

 

Además, el derecho es, por definición, conservador; favorece el statu quo, la situación de facto, con independencia de su justicia o injusticia. No existirá un solo país en la tierra cuyas fronteras no estén trazadas mediante el recurso a la fuerza; todos  tienen un pecado original, que afecta a la base misma del orden internacional. Trazados en medio de guerras, matanzas y engaños, las fronteras, el orden y la legalidad internacional son injustos; instalan al vencedor en un orden confortable y al perdedor en uno detestable.

¿Bajo qué criterio declarar justo o injusto este orden?¿válidas o no unas fronteras? No, desde luego, desde el criterio del que en el pasado ha visto mutiladas las suyas por un país más fuerte. Cuando éste desea modificar su estado actual, emprende la guerra al margen de cualquier legalidad; libre de los límites del derecho, extiende la guerra desde el genocidio hasta la propaganda, desde el coche bomba hasta la amenaza nuclear.

 

La legalidad internacional nada dice de la justicia o la injusticia; fija como justo un orden interestatal sumamente discutible. Y, más allá de eso, puede ser también profundamente inmoral, tan pronto como proporcione coartada a actos criminales y bárbaros. En España, quienes hace casi seis años se manifestaban por la legalidad internacional, expresaban sus buenas intenciones, y al hacerlo proporcionaban barra libre a los tiranos del mundo, que tomaban buena nota de la defensa incondicional de la legalidad de las Naciones Unidas en las calles europeas.

 

Hasta 2003, al amparo de la legalidad internacional y del principio de soberanía, Sadam gaseaba kurdos, masacraba chiíes y mostraba a sus vecinos el colmillo de la invasión. Mientras en Madrid o Londres se reclamaba respeto a la legalidad internacional, el tirano iraquí cometía inmoralidades sin fin… al amparo de una legalidad internacional que era el primero en sacar a relucir. ¿Existían motivos justificados para la invasión norteamericana? La discusión es aún hoy interminable; pero no será por el respeto a una legalidad internacional que cobijaba y cobija comportamientos inmorales como se juzgará el derrocamiento del dictador, la sangrienta postguerra y la previsible victoria angloamericana.

 

Calificar el pacifismo jurídico de inmoral resulta a todas luces excesivo, pero no lo es tanto señalar que no tiene por qué ser garantía de justicia y de moralidad. No será con votaciones en el Consejo de Seguridad como la violencia se haga legítima o moral, ni una guerra más justa. Las más de las veces ocurre lo contrario: la violencia más implacable se desarrolla bajo el amparo legal de las Naciones Unidas, y el comportamiento de éstas resulta más vergonzoso q

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