De: Yioresh
Militarización y decadencia estatal
Otro fenómeno a tomar en cuenta es la larga marcha ascendente del
Complejo Industrial Militar, área de convergencia entre el Estado, la
industria y la ciencia que se fue expandiendo desde mediados de los
años 1930 atravesando gobiernos demócratas y republicanos, guerras
reales o imaginarias, períodos de calma global o de alta tensión.
Algunos autores, entre ellos Chalmers Johnson, consideran que los
gastos militares han sido el centro dinámico de la economía
norteamericana desde la Segunda Guerra Mundial hasta las guerras
eurasiáticas de la administración Bush-Cheney pasando por Corea,
Vietnam, la Guerra de las Galaxias y Kosovo. Según Johnson, que define
a la estrategia sobre determinante seguida en las últimas siete
décadas como "keynesianismo militar", el gasto bélico real del
ejercicio fiscal 2008 superaría los 1,1 billones (millones de
millones) de dólares, el más alto desde la Segunda Guerra Mundial (7).
Estos gastos han ido creciendo a lo largo del tiempo involucrando a
miles de empresas y millones de personas, de acuerdo a los cálculos de
Rodrigue Tremblay en el año 2006 el Departamento de Defensa de los
Estados Unidos empleó a 2.143.000 personas. mientras que los
contratistas privados del sistema de defensa empleaban a 3.600.000
trabajadores (en total 5.743.000 puestos de trabajo) a los que hay que
agregar unos 25 millones de veteranos de guerra. En suma, en los
Estados Unidos unas 30 millones de personas (cifra equivalente al 20 %
de la Población Económicamente Activa) reciben de manera directa e
indirecta ingresos provenientes del gasto público militar (8).
El efecto multiplicador del sector sobre el conjunto de la economía
posibilitó en el pasado la prosperidad de un esquema que Scott
MacDonald califica como "the guns and butter economy", es decir una
estructura donde el consumo de masas y la industria bélica se
expandían al mismo tiempo (9). Pero ese largo ciclo esta llegando a su
fin; la magnitud alcanzada por los gastos bélicos los ha convertido en
un factor decisivo del déficit fiscal causando inflación y
desvalorización internacional del dólar. Además su hipertrofia otorgó
un enorme peso político a élites estatales (civiles y militares) y
empresarias que se fueron embarcando en un autismo sin contrapesos
sociales.
La creciente sofisticación tecnológica paralela al encarecimiento de
los sistemas de armas alejó cada vez más a la ciencia militarizada de
sus eventuales aplicaciones civiles afectando negativamente la
competitividad industrial. Esta separación ascendente entre la ciencia-
militar (devoradora de fondos y de talentos) y la industria civil
llegó a niveles catastróficos en el período terminal de la ex Union
Soviética, ahora la historia parece repetirse.
A todo esto se agrega un acontecimiento aparentemente inesperado, las
guerras de Irak y Afganistán y de manera indirecta el fracaso de la
ofensiva israelí en el Libano muestran la ineficacia operativa de la
súper compleja (y súper cara) maquinaria bélica de última generación
puesta en jaque por enemigos que operan de manera descentralizada y
con armas sencillas y baratas. Planteando una grave crisis de
percepción (una catástrofe psicológica) entre los dirigentes del
Complejo Industrial Militar de los Estados Unidos y de la OTAN (en la
historia de las civilizaciones no es esta la primera vez que ocurre un
fenómeno de este tipo).
Ahora bien, la hipertrofia-crisis de la militarización esta
estrechamente asociada (forma parte de) la decadencia del Estado
expresada por el repliegue de su capacidad integradora (declinación de
la seguridad social, predominio de la cultura elitista en sus centros
de decisión, etc.), la degradación de la infraestructura y por un
déficit fiscal crónico y en aumento que ha derivado en una deuda
pública gigantesca. Si nos remitimos a las últimas cuatro décadas los
superávits fiscales constituyen una rareza, desde los años 1970 los
déficits fueron creciendo hasta llegar a comienzos de los 1990 a
niveles muy altos, sin embargo Clinton se despidió a fines de esa
década con algunos superávits que observados desde un enfoque de largo
plazo aparecen como hechos efímeros. Pero desde la llegada de George
W. Bush el déficit regresó alcanzando cifras sin precedentes: 160 mil
millones de dólares en 2002, 380 mil millones en 2003, 320 mil
millones en 2005...
Nos encontramos ahora frente a un estado imperial cargado de dudas,
cuyo funcionamiento depende ya no solo del sistema financiero nacional
sino también (cada vez más) del financiamiento internacional, le
hubiera resultado extremadamente difícil a la Casa Blanca lanzarse a
su aventura militar asiática sin las compras de sus títulos por parte
de China, Japón, Alemania y otras fuentes externas.
La dependencia energética
A lo anterior es necesario agregar la dependencia petrolera, hacia
1960 los Estados Unidos importaban el 16 % de su consumo, actualmente
llega al 65 %. Durante mucho tiempo pudieron importar a precios bajos
pero ahora la situación ha cambiado, la producción mundial de petróleo
se esta acercando a su máximo nivel (dentro de muy poco tiempo
comenzará a descender) lo cual combinado con el debilitamiento del
dólar esta llevando el precio a niveles nunca antes alcanzados. Y el
remplazo parcial de combustible de origen fósil por biocombustibles
(en el que también están empeñadas la otras grandes potencias
industriales) reduce la disponibilidad relativa global de tierras
agrícolas para la producción de alimentos lo que provoca la suba
general de los precios de los productos de la agricultura, en
consecuencia el efecto inflacionario se amplifica.
Los Estados Unidos emergieron como un gran país industrial porque
desde comienzos del siglo XX fueron también la primera potencia
petrolera internacional. Al igual que Inglaterra durante el siglo XIX
respecto del carbón, gozaron de una ventaja energética que les
permitió desarrollar tecnologías apoyadas en dicho privilegio y
competir exitosamente con el resto del mundo. Pero a mediados de los
años 1950 prestigiosos expertos norteamericanos como el geologo King
Hubbert anunciaron el fin próximo de la era de abundancia energética
nacional, según lo anticipó Hubbert (en 1956) desde comienzos de los
1970 la producción petrolera estadounidense comenzaría a declinar: así
ocurrió.
La incapacidad de los Estados Unidos para reconvertir su sistema
energético (tuvo casi cuatro décadas para hacerlo) reduciendo o
frenando su dependencia respecto del petróleo puede ser atribuida en
primer lugar a la presión de la compañías petroleras que impusieron la
opción de la explotación intensiva de recursos externos, periféricos,
que fueron sobrestimados. Podría afirmarse en este caso que la
dinámica imperialista forjó una trampa energética de la que ahora es
victima el propio Imperio. El estado no desarrolló estrategias de
largo plazo tendientes al ahorro de energía, lo que probablemente
habría desacelerado (no evitado) la crisis energética actual, no solo
por la imposición del lobby petrolero sino también porque sus cúpulas
políticas (demócratas y republicanas) se fueron sumergiendo en la
cultura del corto plazo correspondiente a la era de la hegemonía
financiera, subordinándose por completo a los intereses inmediatos de
los grupos económicos dominantes.
Pero también deberíamos reflexionar acerca de los límites del sistema
tecnológico occidental-moderno que los estadounidenses exacerbaron al
extremo. El mismo se ha reproducido en torno de objetos técnicos
decisivos de la cultura individualista (por ejemplo el automóvil) que
definen el estilo de vida dominante y a procedimientos productivos
basados en la explotación intensiva de recursos naturales no
renovables o en la destrucción de los ciclos de reproducción de los
recursos renovables. Gracias a esa lógica destructiva el capitalismo
industrial pudo en Europa desde fines del siglo XVIII independizarse
de los ritmos naturales sometiendo brutalmente a la naturaleza y
acelerando su expansión. Ello aparecía ante los admiradores del
progreso de los siglos XIX y XX como la gran proeza de la civilización
burguesa, una visión más amplia nos permite ahora darnos cuenta que se
trataba del despliegue de una de sus irracionalidades fundamentales
que los Estados Unidos, el capitalismo más exitoso de la historia,
llevó al más alto nivel jamás alcanzado.
Desequilibrios, deudas, caída del dólar
La pérdida de dinamismo del sistema productivo fue compensado por la
expansión del consumo privado (centrado en las clases altas), los
gastos militares y la proliferación de actividades parasitarias
lideradas por el sistema financiero. Lo que engendró crecientes
desequilibrios fiscales y del comercio exterior y una acumulación
incesante de deudas públicas y privadas, internas y externas. La deuda
pública norteamericana pasó de 390 mil millones de dólares en 1970, a
930 mil millones en 1980, a 3,2 billones (millones de millones) en
1990, a 5,6 billones en 2000 para saltar a 9,5 billones en abril de
2008; por su parte la deuda total de los estadounidenses (pública más
privada) rondaba en la última fecha mencionada los 53 billones de
dólares (aproximadamente equivalente a Producto Bruto Mundial) de esa
cifra el 20 % (unos 10 billones de dólares) constituyen deuda externa.
Solo durante 2007 la deuda total aumento cerca de 4,3 billones de
dolares (equivalente al 30 % del Producto Bruto Interno
norteamericano) (10). El proceso fue coronado por una sucesión de
burbujas especulativas que marcaron, desde los años 1990 a un sistema
que consumía más allá de sus posibilidades productivas.
A partir de los años 1970-1980 es posible observar el crecimiento
paralelo de tendencias perversas como los déficits comercial, fiscal y
energético, los gastos militares, el número de presos y las deudas
públicas y privadas. Todas esas curvas ascendentes aparecen
atravesadas por algunas tendencias descendentes; por ejemplo la
disminución de la tasa de ahorro personal y la caída del valor
internacional del dólar (que se se aceleró en la década actual),
expresión de la declinación de la supremacía imperial .
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La articulación de esos fenómenos nos permite esbozar una totalidad
social decadente a la que se incorporan (convergen) una gran
diversidad de hechos de distinta magnitud (culturales, tecnológicos,
sociales, políticos, militares, etc.).
Esta visión de largo plazo ubica a la era de los halcones presidida
por George. W. Bush como una suerte de “salto cualitativo” de un
proceso con varias décadas de desarrollo y no como un hecho-
excepcional o una desviación-negativa. Nos encontraríamos ante la fase
más reciente de la degradación del capitalismo estatista-keynesiano
iniciada en los años 1970 puntapié inicial de la crisis general del
sistema. La experiencia histórica enseña que esos despegues hacia el
infierno casi siempre debutan en medio de euforias triunfalistas donde
detrás de cada señal de victoria se oculta una constatación de
desastre. La loca carrera militar sobre Eurasia estaba (está aún) en
el centro del discurso acerca del supuesto combate victorioso contra
un enemigo (terrorista) global imaginario que sumergió en el pantano a
las fuerzas armadas imperiales, las expansiones desenfrenadas de la
burbuja inmobiliaria y de las deudas eran ocultada por las cifras de
aumento del Producto Bruto Interno y la sensación (mediática) de
prosperidad.
El centro del mundo
Los Estados Unidos constituyen hoy el centro del mundo (del
capitalismo global), su declinación no es solo la de la primera
potencia sino la del espacio esencial de la interpenetración
productiva, comercial y financiera a escala planetaria que se fue
acelerando en las tres últimas décadas hasta conformar una trama muy
densa de la que ninguna economía capitalista desarrollada o
subdesarrollada puede escapar (salir de esa tupida red significa
romper con la lógica, con el funcionamiento concreto del capitalismo
integrado por clases dominantes locales altamente
transnacionalizadas).
Durante la década actual la expansión económica en Europa, China más
otros países subdesarrollados y el modesto (efímero) fin del
estancamiento japonés solían ser mostrados como el restablecimiento de
capitalismos maduros y el ascenso de jóvenes capitalismos periféricos
cuando en realidad se trató de prosperidades estrechamente
relacionadas con la expansión consumista-financiera norteamericana.
Estados Unidos representa el 25 % del Producto Bruto Mundial y es el
primer importador global, en 2007 compró bienes y servicios por 2,3
millones de millones de dólares, es el principal cliente de China,
India y Japón, Inglaterra, el primer mercado extra europeo de
Alemania. Pero es sobre todo en el plano financiero, área hegemónica
del sistema internacional, donde se destaca su primacía. Por ejemplo,
la red de los negocios con productos financieros derivados (más de 600
millones de millones de dólares registrados por el Banco de Basilea,
es decir unas 12 veces el Producto Bruto Mundial) se articula a partir
de la estructura financiera norteamericana, las grandes burbujas
especulativas imperiales irradian al resto del mundo de manera directa
o generando burbujas paralelas como fue posible comprobar con la
experiencia reciente de la especulación inmobiliaria en los Estados
Unidos y sus clones directos en España, Inglaterra, Irlanda o
Australia e indirectos como la superburbuja bursátil china.
Si observamos el comportamiento económico de las grandes potencias
comprobaremos en cada caso como sus esferas de negocios superan
siempre los límites de los respectivos mercados nacionales e incluso
regionales cuya dimensión real resulta insuficiente desde el punto de
vista del volumen y la articulación internacional de sus actividades.
La Unión Europea está sólidamente atada a los Estados Unidos a nivel
comercial e industrial y principalmente financiero, Japón agrega a lo
anterior su histórica dependencia de las compras norteamericanas, por
su parte China desarrolló su economía en el último cuarto de siglo
sobre la base de sus exportaciones industriales a los Estados Unidos y
a países, como Japón, Corea del Sur y otros, fuertemente dependientes
del Imperio. En fin, el renacimiento ruso gira en torno de sus
exportaciones energéticas (principalmente dirigidas hacia Europa), su
élite económica se fue estructurando desde el fin de la URSS
multiplicando sus operaciones a escala transnacional en especial sus
vínculos financieros con Europa occidental y los Estados Unidos. No se
trata de simples lazos directos con el Imperio sino de la reproducción
ampliada acelerada de una compleja red global de negocios, mercados
interdependendientes, asociaciones financieras, innovaciones
tecnológicas, etc., que integra al conjunto de burguesías dominantes
del planeta. El mundo financiero hipertrofiado es su espacio de
circulación natural y su motor geográfico son los Estados Unidos cuya
decadencia no puede ser disociada del fenómeno más amplio de la
llamada globalización, es decir la financierización de la economía
mundial.
Podríamos visualizar al Imperio como sujeto central del proceso, su
gran beneficiario y manipulador, y al mismo tiempo como su objeto,
producto de una corriente que lo llevo hasta el más alto nivel de
riqueza y degradación. Gracias a la globalización los Estados Unidos
pudieron sobre-consumir pagando al resto del mundo con sus dólares
devaluados imponiendoles su atesoramiento (bajo la forma de reservas)
y sus títulos públicos que financiaron sus déficits fiscales. Aunque
también gracias al parasitismo norteamericano, europeos, chinos,
japoneses, etc., pudieron colocar en el mercado imperial una porción
significativa de sus exportaciones de mercancías y de excedentes de
capitales. En ese sentido el parasitismo financiero, producto de la
crisis de sobreproducción crónica, es a la vez norteamericano y
universal, la otra cara del consumismo imperial es la reproducción de
capitalismos centrales y periféricos que necesitan desbordar sus
mercados locales para hacer crecer sus beneficios. Ello es evidente en
los casos de Europa occidental y Japón pero también lo es en el de
China que exporta gracias a sus bajos salarios (comprimiendo su
mercado interno).
Lo que se está hundiendo ahora no es la nave principal de la flota (si
así fuera, numerosas embarcaciones podrían salvarse); solo hay una
nave y es su sector decisivo el que está haciendo agua.
Horizontes turbulentos e ilusiones conservadoras
Debemos ubicar en su contexto histórico a las actuales intervenciones
de los estados de los países centrales destinadas a contrarrestar la
crisis. En los últimos meses han proliferado ilusiones conservadoras
referidas al posible desacople de varias economías industriales y
subdesarrolladas respecto de la recesión imperial pero lo hechos van
derrumbando esas esperanzas. Junto a ellas apareció la fantasía del
renacimiento del intervencionismo keynesiano: según dicha hipótesis el
neoliberalismo (entendido como simple desestatización de la economía)
sería un fenómeno reversible y nuevamente como hace un siglo el Estado
salvaría al capitalismo. En realidad en las últimas cuatro décadas se
ha producido en los países centrales un doble fenómeno: por una parte
la degradación general de los estados que manteniendo su tamaño con
relación a cada economía nacional quedaron sometidos a los grupos
financieros, perdieron legitimidad social. Y por otra fueron
progresivamente desbordados por el sistema económico mundial no solo
por su trama financiera sino también por operaciones industriales y
comerciales que burlaban los controles (cada vez mas flojos) de las
instituciones nacionales y regionales.
En los Estados Unidos dicho proceso avanzó más que en ningún otro país
desarrollado, nunca fue abandonado el histórico keynesianismo militar
por el contrario el Complejo Militar-Industrial se hipertrofió
articulándose con un conjunto de negocios mafiosos, financieros,
energéticos, etc., que se convirtió en el centro dominante del sistema
de poder apropiándose groseramente del aparato estatal hasta
convertirlo en una estructura decadente.
En los países centrales el estado intervencionista (de raíz
keynesiana) no necesita regresar porque nunca se ha ido, a lo largo de
las últimas décadas, obediente a las necesidades de las áreas más
avanzadas del capitalismo, fue modificando sus estrategias,
apuntalando la concentración de ingresos y los desarrollos
parasitarios, cambiando su ideología, su discurso (ayer integrador,
social, productivista-industrial, hoy elitista, neoliberal y
virtualista-financiero).
Es en el mundo subdesarrollado donde el estatismo retrocedió hasta ser
triturado en numerosos casos por la ola depredadora imperialista, la
desestatización fue su forma concreta de sometimiento a la dinámica
del capitalismo global. Allí el regreso al estado interventor-
desarrollista de otras épocas es un viaje en el tiempo físicamente
imposible, las burguesías dominantes locales, sus negocios decisivos,
están completamente transnacionalizados o bien bajo la tutela directa
de firmas transnacionales.
Ahora en plena crisis quedan al descubierto los dos problemas sin
solución a la vista del Estado desarrollado (imperialista): su
degeneración estructural y su insuficiencia, su impotencia ante un
mundo capitalista demasiado grande y complejo. Es lo que señala
Richard Haas en el articulo arriba citado aunque sin decir que no se
trata de una reconversión positiva sobredeterminante del capitalismo
internacional lo que acorrala al estado norteamericano y a los otros
estados centrales sino más bien de un fenómeno mundial negativo que de
manera rigurosa deberíamos definir como decadencia global (económica-
institucional-política-militar-tecnológica). Es por ello que el
paralelo ahora de moda en ciertos círculos de expertos entre la
implosión soviética y la probable futura implosión de los Estados
Unidos es totalmente insuficiente porque existe entre otras cosas una
diferencia de magnitud decisiva, el hiper-gigantismo del Imperio hace
que su hundimiento tenga un poder de arrastre sin precedentes en la
historia humana. Pero también porque los Estados Unidos no constituyen
“un mundo aparte” (marginado) sino el centro de la cultura universal
(el capitalismo), la etapa más reciente de una larga historia mundial
en torno de Occidente.
La inmensidad del desastre en curso, la extrema radicalidad de las
rupturas que puede llegar a engendrar, muy superiores a las que causó
la crisis iniciada hacia 1914 (que dio nacimiento a un largo ciclo de
tentativas de superación del capitalismo y también al fascismo,
intento de recomposición barbara del sistema burgués) genera
reacciones espontáneas negadoras de la realidad en las élites
dominantes, los espacios sociales conservadores y más allá de ellos,
pero la realidad de la crisis se va imponiendo. Todo el edificio de
ideas, de certezas de diferente signo, construido a lo largo de más de
dos siglos de capitalismo industrial está empezando a agrietarse.
La recesión se ha instalado en los Estados Unidos, los subsidios
alimentarios que cubrían a unas 26 millones y medio de personas en
2006 subieron en 2007 a 28 millones, nivel nunca alcanzado desde los
años 1960. Recientemente la OCDE ha revisado a la baja sus previsiones
de crecimiento para la economía estadounidense asignándole una
expansión igual a cero para el primer semestre del año actual, por su
parte el FMI acaba de hacer un pronóstico aún más grave incluyendo
períodos de crecimiento negativo. Estos organismos venían bombardeando
a los medios de comunicación (que a su vez bombardeaban al planeta)
con pronósticos optimistas basados en la supuesta fortaleza de la
economía norteamericana; sostenían que no habría recesión y que lo
peor podría ser un crecimiento bajo rápidamente desbordado por una
nueva expansión... si ahora admiten la recesión es porque algo mucho
peor está en el horizonte.
Bajo la apariencia de varias crisis convergentes se despliega ante
nuestros ojos el final de lo que deberíamos mirar como el primer
capítulo de la declinación del Imperio norteamericano (aproximadamente
2001-2007) y el comienzo de un proceso turbulento disparado por el
salto cualitativo de tendencias negativas que se fueron desarrollando
a lo largo de períodos de distinta duración.
De todos modos las malas noticias financieras, energéticas y militares
no parecen aplacar los delirios mesiánicos de Washington sino todo lo
contrario, es como si Bush y sus halcones no fueran a dejar la Casa
Blanca dentro de unos pocos meses. Siguen amenazando a gobiernos que
no se someten a sus caprichos, insinúan nuevas guerras y afirman
querer prolongar indefinidamente las ocupaciones de Irak y Afganistán,
incluso un ataque devastador contra Iran todavía es posible. De tanto
en tanto emerge una nueva ola de rumores bélicos apuntando hacia Iran
por lo general originados en declaraciones o trascendidos de altos
funcionarios del gobierno, un ataque contra ese país tendría
consecuencias inmediatas catastróficas para la economía mundial, el
precio del petróleo se dispararía hacia las nubes, el sistema
financiero global pasaría a una situación caótica y la recesión
imperial se convertiría en ultra recesión encabezada por un dólar en
caída libre. Tal vez algunos estrategas del Pentágono y del círculo de
halcones mas radicalizados estén imaginando un gran fuego mundial
purificador del que emergería victoriosa la nación elegida por Dios:
los Estados Unidos de América. Se trata de una locura pero forma parte
de la configuración psicológica de una porción importante de la élite
dominante atravesada por una corriente letal que combina virtualismo,
omnipotencia, desesperación y furia ante una realidad cada día menos
dócil.
En los grandes centros de decisión económica actualmente domina la
incertidumbre que se va convirtiendo en pánico; el fantasma del
colapso comienza a asomar su rostro. Mientras tanto la autoridades
económicas norteamericanas inyectan masivamente liquidez en el
mercado, otorgan subsidios fiscales e improvisan costosos salvatajes a
las instituciones financieras en bancarrota intentando suavizar la
recesión sabiendo que de ese modo aceleran la inflación y la caída del
dólar: su margen de maniobras es muy pequeño, la mezcla de inflación y
recesión hace completamente ineficaces sus instrumentos de
intervención.
La palabra "colapso" fue apareciendo con creciente intensidad desde
fines del año pasado en entrevistas y artículos periodísticos muchas
veces combinadas con otras expresiones no menos terribles, en algunos
casos adoptando su aspecto más popular (derrumbe, muerte, caída
catastrófica) y en otros su forma rigurosa, es decir como sucesión
irreversible de graves deterioros sistémicos, como decadencia general.
Paul Craig Roberts (que fue en el pasado miembro del staff directivo
del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos y editor de Wall
Street Journal) publicó el 20 de marzo un texto titulado “El colapso
de la potencia americana” donde describe los rasgos decisivos de la
declinación integral de los Estados Unidos (1), el 27 de marzo “The
Economist” titulaba “Esperando el arnagedon” a un articulo referido a
la marea irresistible de bancarrotas empresarias norteamericanas. El
14 de marzo “The Intelligencer” titulaba “Expertos internacionales
pronostican el colapso de la economía norteamericana” donde recogía
las opiniones entre otros de Bernard Connelly del Banco AIG y de
Martin Wolf, columnista del Financial Times.
El 3 de abril Peter Morici en una nota aparecida en “Counterpunch”
señalaba que “es imposible negar que la economía (estadounidense) ha
entrado en una recesión cuya profundidad y duración son
impredecibles” (2). A modo de conclusión el 14 de abril Financial
Times publicaba un articulo de Richard Haass, presidente del Consejo
de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos donde señalaba que “la
era unipolar, periodo sin precedentes de dominio estadounidense, ha
terminado. Duro unas dos décadas, algo más de un instante en términos
históricos” (3).
Una prolongada degradación
Para entender lo que está ocurriendo así como sus posibles desarrollos
futuros es necesario tomar en cuenta fenómenos que han modelado el
comportamiento de la sociedad norteamericana durante las últimas tres
décadas generando un proceso más amplio de decadencia social.
En primer lugar el deterioro de la cultura productiva gradualmente
desplazada por una combinación de consumismo y prácticas financieras.
La precarización laboral incentivada a partir de la presidencia de
Reagan buscaba disminuir la presión salarial mejorando así la
rentabilidad capitalista y la competitividad internacional de la
industria, pero a largo plazo degradó la cohesión laboral, el interés
de los asalariados hacia las estructuras de producción. Ello derivó en
una creciente ineficacia de los procesos innovativos que pasaron a ser
cada vez más difíciles y caros comparados con los de los principales
competidores globales (europeos, japoneses, etc.). Uno de sus
resultados fue el déficit crónico y ascendente del comercio exterior
(2 mil millones de dólares en 1971, 28 mil millones en 1981, 77 mil
millones en 1991, 430 mil millones en 2001, 815 mil millones en
2007).
Mientras tanto se fue expandiendo la masa de negocios financieros
absorbiendo capitales que no encontraban espacios favorables en el
tejido industrial y otras actividades productivas. Las empresas y el
Estado demandaban esos fondos, las primeras para desarrollarse,
concentrase, competir en un mundo cada vez más duro, y el segundo para
solventar sus gastos militares y civiles que cumplían un papel muy
importante en el sostenimiento de la demanda interna. Recordemos por
ejemplo las erogaciones descomunales motivadas por la llamada
"Iniciativa de Defensa Estratégica" (mas conocida como "Guerra de las
Galaxias") lanzada por Reagan en 1983 en el momento en que la
desocupación superaba el 10% de la Población Económicamente Activa (la
cifra más alta desde el fin de la Segunda Guerra Mundial).
Un segundo fenómeno fue la concentración de ingresos, hacia comienzos
de los años 1980 el 1 % más rico de la población absorbía entre el 7 %
y el 8 % del Ingreso Nacional, veinte años después la cifra se había
duplicado y en 2007 rondaba el 20 %: el más alto nivel de
concentración desde fines de los años 1920, por su parte el 10 % mas
rico paso de absorber un tercio del Ingreso Nacional hacia mediados de
los años 1950 a cerca del 50% en la actualidad (4). Contrariamente a
lo que enseña la “teoría económica” dicha concentración no derivó en
mayores ahorros e inversiones industriales sino en más consumo y más
negocios improductivos que con la ayuda del boom de las tecnologías de
la información y la comunicación engendraron un universo semi virtual
por encima del mundo, casi mágico, donde fantasía y realidad se
mezclan caóticamente. Por allí navegaron (y aún navegan) millones de
norteamericanos, en especial las clases superiores.
Enlazado a lo anterior irrumpió un proceso, casi imperceptible primero
pero luego arrollador de desintegración social uno de cuyos aspectos
más notables es el incremento de la criminalidad y de la subcultura de
la transgresión abarcando a los mas variados sectores de la población,
acompañada por la criminalización de pobres, marginales y minorías
étnicas. Actualmente las cárceles norteamericanas son las más pobladas
del planeta, hacia 1980 alojaban unos 500 mil presos, en 1990 cerca de
1.150.000 , en 1997 eran 1.700.000 a los que había que agregar
3.900.000 en libertad vigilada (probation, etc.), pero a fines de 2006
los presos sumaban unos 2.260.000 y los ciudadanos en libertad
vigilada unos 5 millones; en total más de 7.200.000 norteamericanos se
encontraban bajo custodia judicial (5). En abril de 2008 un articulo
aparecido en el New York Times señalaba que los Estados Unidos con
menos del 5 % de la población mundial alojan al 25 % de todos los
presos del planeta, uno de cada cien de sus habitantes adultos se
encuentran encarcelados; es la cifra más alta a nivel internacional
(6).
jorgebeinst...@yahoo.com
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(1), Paul Craig Roberts, “The collapse of American power”, Online
Journal, 20-03-2008.
(2), Peter Morice, “Bush Administration Dithers While Rome Burns. The
Deepening recesion”, Counterpunch, April 3, 2008.
(3), Richard Haass, “What follows American dominion?”, Financial
Times, April 16, 2008.
(4), Center on Budget and Policy Priorities.
(5), U.S. Department of Justice - Bureau of Justice Statistics.
(6), Adam Liptak, “American Exception. Inmate Count in U.S. Dwarfs
Other Nations”, The New York Times, April 23, 2008
(7), Chalmers Johnson, "Going bankrupt: The US's greatest threat",
Asia Times, 24 Jan 2008.
(8), Rodrigue Tremblay, "The Five Pillars of the U.S. Military-
Industrial Complex", September 25, 2006, http://www.thenewamericanempire.com/tremblay=1038.htm.
(9), Scott B. MacDonald, "End of the guns and butter economy", Asia
Times, October 31, 2007.
(10), Grandfader Economic Report (http://mwhodges.home.att.net/nat-
debt