El lado oscuro del sistema político israelí
Uri Avnery
Counterpunch
Últimamente estamos inundados de amigos. Los Grandes de la Tierra,
pasados y presentes, acuden a nosotros para halagarnos, lisonjearnos y
postrarse a nuestros pies.
"¡Dios mío, sálvame de mis amigos, que de mis enemigos me ocupo yo!",
reza una antigua plegaria.
A mí me repugnan.
Tomemos como ejemplo a la canciller alemana Angela Merkel, que hizo su
peregrinación a Jerusalén. Su arenga laudatoria no contenía el más
mínimo elemento de crítica y alcanzó cotas desconocidas de servilismo
en su discurso ante la Knesset. Me invitaron al acto pero decliné el
privilegio de asistir.
Volveré a privarme del mismo placer cuando me inviten a la sesión
protagonizada por el hiperactivo Nicolás Sarkozy, que intentará batir
el récord de peloteo establecido por su rival germana.
Antes de eso recibimos la visita del mentor de John McCain, el pastor
evangelista John Hagee, el mismo que describió a la Iglesia Católica
como un monstruo. Rezumando mojigatería y adulación por todos los
poros de su piel nos prohibió, en nombre de (su) Dios, entregar ni un
solo milímetro de Tierra Santa y nos ordenó combatir hasta la última
gota de (nuestra) sangre.
Sin embargo, ninguno de ellos le llega a la suela de los zapatos a
George Bush. Ahora que el hombre enfila ya la recta final de la más
catastrófica presidencia que registran los anales de la República, no
se le ocurrió otra cosa que colocar un fósforo encendido en la mano de
nuestro gobierno e incitarlo a prender fuego al barril de pólvora que
tenemos bajo los pies.
* * *
Sin embargo, la lista de líderes en activo que toman parte en esta
competición de lisonjeo desaforado palidece en comparación con la
alargada hilera de “ex personalidades” que se arraciman ante nuestras
puertas.
Un enjambre mundial de personalidades retiradas va volando de lugar en
lugar como abejas, uno para todos y todos para uno. Esta semana se han
posado en Jerusalén respondiendo a la invitación cursada por el Ex nº
1: Shimon Peres, un político que en los 84 años de su vida nunca ha
ganado unas elecciones y a quien por pura compasión finalmente le ha
sido concedido el título, puramente nominal, de Presidente de Israel.
El denominador común de este grupo es que su prestigio en casa se
aproxima al cero absoluto, mientas que en el extranjero su
predicamento es estratosférico. La adoración que se profesan
mutuamente les compensa del escaso respecto que gozan en sus propios
países.
Uno de los miembros veteranos de este club es Tony Blair, quien ha
sido expulsado del poder en su propio país pero que no se conforma con
disfrutar de su pensión y cultivar rosas. Como premio de consolación
le han concedido el placer de juguetear con nuestro conflicto. Cada
tantas semanas convoca una rueda de prensa para dar a conocer las
buenas noticias de su fenomenal éxito en mejorar la suerte de los
palestinos, mientras que la situación real en los territorios
palestinos se va deteriorando cada día más. Nuestro aparato de
seguridad lo trata como a un pelmazo al que de vez en cuando hay que
arrojar algunas migajas para que se entretenga y sea feliz.
En la conferencia celebrada esta semana se reunieron también algunas
buenas gentes, pero el escenario lo acapararon los ex, desde el
criminal de guerra retirado Henry Kissinger hasta el destronado héroe
de la paz Mikhail Gorbachev (a quien todavía considero un héroe por
haber evitado un baño de sangre durante el colapso del Imperio
Soviético). Fue una lástima verlo en semejante compañía.
Todos los participantes en esta orgía virtieron montañas de adulación
sasánida sobre Israel. Ninguno de ellos formuló una sola crítica. Ni
una palabra sobre la ocupación. Ni una palabra sobre los
asentamientos. Ni una palabra sobre el bloqueo de Gaza. Ni una palabra
sobre los asesinatos diarios. Solo cánticos de alabanza a un
maravilloso Estado amante de la paz al que los terroristas
archimalvados quieren arrojar al mar.
Ninguno de los invitados se alzó para advertirnos del riesgo que
corremos si continuamos con la actual política. Ninguno se alzó para
proclamar la verdad: que continuar con esta política puede conducir a
nuestro Estado al desastre.
Quien tiene amigos como estos no necesita enemigos. Una persona que ve
que su amigo está jugando a la ruleta rusa y le ofrece balas, ¿es un
verdadero amigo? Una persona que ve a su amigo asomado al borde de un
precipicio y le dice “adelante”, ¿es un amigo?
* * *
Dentro de la cofradía de aduladores quienes atrajeron la mayor
atención fueron los multimillonarios judíos procedentes de los USA
(que, además, fueron los que pagaron el espectáculo).
A algunos de ellos se los convocó a acudir al cuartel general de la
policía apenas llegaron al país, para testificar en un juicio que en
estos momentos está sacudiendo Israel hasta sus cimientos: la
investigación de Ehud Olmert por corrupción.
Un cierto aroma de corrupción ha acompañado a Olmert desde el mismo
día en que se metió en política hace 45 años. Sin embargo, en esta
ocasión el tufo es abrumador. La policía ha hecho saber que el
multimillonario usamericano Moshe Morris Talansky le ha estado
entregando sobres rebosantes de billetes durante años.
¿Dónde hemos visto eso antes? Claro, en las películas y series
televisivas usamericanas. Alguien abre un maletín repleto de fajos de
billetes. El donante invariablemente pertenece a la mafia y el
receptor suele ser un político corrupto. ¿Será posible que Olmert no
haya visto nunca esas películas, precisamente él, que comenzó su
carrera con discursos demagogos en los que denunciaba el “crimen
organizado”?
Sin embargo, no es Olmert el que me interesa en este asunto, sino
Talansky.
Pertenece a la especie de multimillonarios “amantes de Israel”, la
mayoría de ellos ciudadanos usamericanos, pero también canadienses,
suizos, austriacos y australianos, entre otras nacionalidades.
Todos ellos son patriotas israelíes. Todos son filántropos. Todos
entregan millones a los políticos israelíes. Y casi todos apoyan a
nuestra ultraderecha.
¿Que es lo que les motiva? ¿Que es lo que mueve a estos
multimillonarios a hacer lo que están haciendo?
Una investigación profunda nos desvela que un gran número de ellos han
hecho sus fortunas en rincones oscuros. Algunos son reyes del juego,
propietarios de casinos con las inevitables y consabidas conexiones
con la violencia, el crimen y la explotación. Al menos uno de ellos se
ha hecho rico regentando lupanares. Otro se vio envuelto en un
escándalo relacionado con residencias de ancianos. Otro es vástago de
una familia que hizo su fortuna con el contrabando de alcohol durante
el período de la ley seca. Algunos son mercaderes de armas de la más
baja estofa que venden armas a las bandas que siembran la muerte y la
destrucción en África.
Pero, como todo el mundo sabe, el dinero no tiene olor.
La mayoría de los millonarios de esta especie piensan que están
recibiendo los honores que se les deben. Sus compañeros
multimillonarios, gente de la alta sociedad, los tratan con desdén.
Una persona que alcanza semejante nivel no se conforma solamente con
dinero. Ansía honores. Y en Israel los honores pueden comprarse a
precio de saldo.
Israel está vendiendo honores de todo tipo sin hacer preguntas. A
cambio de un donativo adecuado incluso el dueño de un garito de juego
será recibido por el Primer Ministro, cenará con el Presidente o podrá
inscribir su nombre en un edificio universitario.
(Una vez escribí una pieza ligera acerca del Tercer Templo –pluga a
Dios construirlo pronto– en el que hablaba del Sancta Sanctorum
Rosenstein, el altar Rosenzweig, el querubin Rosenberg, etc.)
Justo después de la Guerra de los Seis Días, en los días de gloria de
nuestros generales, se extendió una nueva moda entre los mejores
multimillonarios judíos: mantener a un general israelí para
presentarlo a los amigos como si fuera una mascota. Algunos generales
no vieron nada malo en ello. Al fin y al cabo, era lo mínimo que se
merecían.
Cierto multimillonario mantuvo a Ezer Weizman, el héroe de la aviación
(que tuvo que dimitir de la presidencia cuando el hecho trascendió

.
Dos multimillonarios adoptaron a Ariel Sharon y le montaron la mayor
granja del país. Shimon Peres no era general (ni siquiera soldado),
pese a lo cual al menos tres multimillonarios lo acogieron bajo sus
doradas alas.
Ni un solo multimillonario perdió jamás dinero por mantener a un
general israelí, apoyar a un político israelí o conceder un generoso
donativo a una causa israelí. El ego es el ego y el patriotismo es el
patriotismo, pero business is business.
Fue entonces cuando se instaló la corrupción. Una persona que dona
millones a un político en Israel (o en los USA, o en Italia o en
cualquier otro lugar del globo) sabe perfectamente que se lo
devolverán con intereses. Cuando el político se convierte en
presidente, o en Primer Ministro, o en Presidente, su mecenas ha hecho
bingo.
En política no existen los donativos inocentes. De una forma u otra,
el donante recogerá el fruto de su donación... multiplicado varias
veces. Eso es así en los USA, en Italia y también en Israel. Cuando el
donante declara que no tiene intereses económicos en Israel lo que
está diciendo en realidad es que hay que escarbar más hondo.
* * *
El affair Olmer nos vuelve a confirmar lo que ya sabíamos desde hace
tiempo: el combustible que propulsa la política israelí no es
simplemente el dinero, sino el dinero del extranjero. Para ganar unas
primarias y embarcarse en una campaña electoral un candidato necesita
millones, los cuales casi siempre proceden de donativos del exterior.
Multimillonarios extranjeros financiaron a Olmert en las primarias de
su partido y después en las elecciones generales que le aseguraron el
puesto de Primer Ministro. Tras su elección comenzó la II Guerra del
Líbano, con todas las muertes y destrucción que acarreó. Se puede
afirmar que fueron los multimillonarios judíos usamericanos quienes
mataron a los soldados y civiles, tanto israelíes como libaneses, que
perdieron su vida en esa guerra.
En el discurso que pronunció en la conferencia de Jerusalén, Shimon
Peres alabó la chutzpá [descaro, desparpajo, osadía. N del T.]
israelí. Lo que necesitamos es más chutzpá, vino a decir. Sonó
extravagante y travieso, pero fue una pura necedad.
Quiero hablar sobre otra chutzpá. No metafórica sino real. Chutzpá
pura y dura. La chutzpá de los multimillonarios de Nueva York, Ginebra
y todos los demás lugares que interfieren en nuestras elecciones y
determinan el destino de nuestra nación. La chutzpá de realizar
donativos para una guerra en la que no mueren sus hijos sino los
nuestros. La chutzpá de enviar millones para crear asentamientos en
los territorios ocupados de Palestina, y especialmente en Jerusalén,
que se crean con la deliberada intención de impedir la paz e
imponernos una guerra permanente que está amenazando nuestro futuro,
no el suyo.
Seamos claros: no critico a los donantes bienintencionados que sienten
la necesidad moral de contribuir a financiar un ala de hospital o un
edificio universitario en Israel. Aprecio a la gente que envía unos
cuantos centenares de dólares para apoyar una causa política cara a su
corazón. Critico a los multimillonarios extranjeros que pretenden
dictar la dirección de nuestro Estado.
Es posible que también en otros países los políticos reciban donativos
de procedencia extranjera. Pero en general es un fenómeno marginal
mientras que aquí es un factor determinante.
Ese es uno de los perniciosos efectos derivados de la definición de
Israel como “Estado Judío”. A causa de ella esos donantes no parecen
ser lo que en realidad son —extranjeros impertinentes que interfieren
en nuestras vidas y corrompen nuestro Estado—, sino “judíos
compasivos” que apoyan a un Estado que también les pertenece.
Gideon Levy ha escrito recientemente un artículo en el que les rogaba
que nos “dejaran en paz”. Siendo como soy una persona menos refinada,
lo diré de forma más ruda: ¡Idos a vuestra casa y llevaos vuestro
dinero! No estamos en venta. ¡Basta ya de tratar de controlar nuestra
vida (y muerte)!