Por: Marcelo Kisilevski
Esta nota busca pasar por alto los hechos coyunturales que nos aquejan en la
Franja de Gaza por estos días, y no hacer Hasbará, sino hacer una reflexión
acerca de lo que ella implica, que ha llegado la hora. "Hasbará" es una palabra que no es dable traducir hasta el final, y la más
cercana que los hispano parlantes han encontrado sobre el tema es
"Esclarecimiento". La política de Hasbará de Israel siempre ha dejado que
desear, empezando por el presupuesto dedicado a ella: 7 millones de dólares por
año. Según los miembros de dicha División, se trata del presupuesto de
publicidad de una compañía de pañales descartables en un año en Israel. Con esos
7 millones, es dudoso -dicho con generosidad- que Israel pueda contrarrestar lo
que ocurre en los grandes medios de todo el planeta. Otro problema de la Hasbará israelí -y judía en el mundo- a favor del país,
es su carácter racional. Hasbará viene de la palabra "lehasbir" que significa
explicar. La tesis "hasbarística" clásica parte de la base de que basta con
explicar todo lo que ocurre, en toda su complejidad, para que el mundo entienda
que Israel tiene razón. Lo cierto es que, si esto fuera así, desde los Acuerdos de Oslo, debería ser
lo más fácil del mundo hacer Hasbará a favor de Israel: he aquí a Israel
extendiendo una mano de paz a sus vecinos; las pruebas están al canto: hemos
cedido territorios a los palestinos; ergo, queremos la paz, y sólo nos cuesta, a
ellos y a nosotros, encontrar el camino de salida del laberinto de violencia.
Como lo dijo un agregado de prensa por aquellos años: "No se puede hablar de la
ocupación israelí como si no hubiera existido Oslo". Si no salimos, es porque
con ellos, con el fundamentalismo, que tiene una agenda inflexible por
definición, no se puede hablar. La escuela "explicativa" de la Hasbará, la argumentativa, es cuestionable por
su ineficacia, desde el punto de vista liso y llano de los resultados:
sencillamente, no ha funcionado. A pesar de los esfuerzos explicativos de Israel
y de los judíos del mundo, los ataques a Israel en medios de comunicación, en
círculos políticos y en universidades, no hacen más que crecer, al punto de que
hoy se organizan congresos sobre el derecho a la existencia de Israel -una
pregunta que hasta hace poco hubiera sido considerada "políticamente
incorrecta"-, y no sólo en Irán, sino también en Inglaterra. Frente a esta escuela -aunque, vamos, no hay "escuelas" de Hasbará, sino
"actitudes" hacia el tema, por parte de judíos de buena voluntad, que actúan
intuitivamente, sin mayor espíritu de marketing ni estrategia de resultados-
está la "afectiva", es decir, la actitud de intentar llegar al corazón del
interlocutor, crear alianzas, no conquistar con razones sino con creación de
lazos. Mostrar imágenes (pero no de víctimas, véase luego) llega al corazón;
hablar mirando a los ojos y no desde arriba, al interlocutor que no sabe pero
quiere saber, llega al corazón. Una manifestación creativa con un mensaje de
paz, incluso con humor (y con muchos medios de comunicación cubriéndola, aunque
eso ya es tema de otra nota), llega al corazón. Cuando un orador de la Hasbará -y los hay excelentes- habla ante gentiles,
puede obtener dos actitudes de su auditorio. Si es la de: "Qué hijo de mala
madre: qué bien manipula los hechos", o "Habla muy bien, pero lo odio", entonces
ha fracasado. Si ante las mismas argumentaciones, la actitud que despierta es:
"Caramba, no lo había pensado así. Cuéntame más", entonces ha iniciado un buen
camino. Pues el problema de la Hasbará racional, no es racional sino afectivo:
no despierta los sentimientos adecuados. Y es en el terreno de los sentimientos
donde se dirime la contienda. El problema es que, aun dentro del paradigma racionalista de la Hasbará, los
argumentos eficaces -"Israel hace verdaderos esfuerzos de paz, y las pruebas
están..."- no se han utilizado ni expuesto debidamente, y esto tiene que ver ya
con la interna judeo-israelí. Es que defender la fórmula de "territorios a cambio de paz" se inscribe en la
línea de izquierda, mientras que la derecha defiende el principio de "paz a
cambio de paz". Pero, discusiones intra-judeo-israelíes al margen, debe estar claro para
todos los cuadros judíos de la Hasbará, y luego para todo el mundo gentil, que
hoy la fórmula de "dos estados para dos pueblos", no es sólo una propuesta
izquierdista, sino que se ha convertido en política de estado. Pues la
alternativa es un solo estado que sea bi-nacional dado que, en algún momento no
tan lejano, los árabes serán mayoría entre el Jordán y el Mediterráneo. El
estado bi-nacional implica, a la larga, el fin de Israel como estado judío,
debido a estas proyecciones demográficas del conflicto. La idea de dos estados para dos pueblos fue tomando forma, como política
oficial del Estado de Israel, allá por los tiempos de la Desconexión, aquel plan
de retirada unilateral de la Franja de Gaza. El entonces primer ministro Ariel
Sharón apoyó la idea, que había sido acuñada, en realidad, en el seno del
Laborismo. Pero en lugar de justificarla en la necesidad de un horizonte de paz
y demás argumentos de izquierda, Sharón habló de "asegurar la mayoría judía en
el Estado de Israel". También bajo Sharón, el estado tomó otra medida que asegurara esta mayoría:
por primera vez, los programas de la Agencia Judía para grupos de jóvenes judíos
en Israel gozarían de fondos israelíes en lugar de provenir sólo de donaciones
de las comunidades judías en el exterior, léase Sojnut. Así surgió Masá,
compañía subsidiaria de la Sojnut, de programas largos en Israel. El motivo fue
estadístico: los programas de 6 meses a un año, le explicaron a Sharón en la
Sojnut, es decir, brindaban al joven una experiencia significativa por su
duración y profundidad, para su identidad judía y sus lazos con Israel, al punto
de ser los que producen más aliá (inmigración definitiva a Israel) de jóvenes
judíos. Y esto también asegura la mayoría judía en el Estado. Sin embargo, la retirada de la Franja de Gaza fue malvendida en el plano de
la Hasbará. Israel podría haberla presentado como "el principio del fin de la
ocupación". "Aquí tienen", podían haber dicho Israel y los judíos del mundo
preocupados por la imagen de Israel. "También es de interés de Israel acabar con
esta historia, hemos cedido territorios, hemos permitido la creación de una
Autoridad Palestina, hemos aceptado la idea de un estado palestino, y ahora nos
vamos de Gaza. Somos dos pueblos en busca de una solución práctica a un
problema, y no un imperialista, monstruo de mito griego, frente a su víctima
inmaculada. Todo lo que pedimos es el fin del terrorismo", y demás argumentos
que podrían hablar del verdadero carácter de la actitud israelí. Se pueden
criticar actitudes de Israel en el terreno, se las puede incluso condenar, se
pueden cambiar. Pero no es una política de exterminio ni mucho menos. Hay gran
respeto por los palestinos, como se respeta a un adversario duro. Sólo que todo esto suena a "izquierdista", y la mayoría de los judíos
preocupados por la Hasbará sienten rechazo por todo lo que suene a izquierdista,
a concesionista. El resultado fue que, tanto el Estado como las comunidades
judías, guardaron silencio, y la Desconexión no fue "vendida" ni de un modo ni
de otro. El vacío fue llenado por la Hasbará palestina, que supo muy bien
presentar la Desconexión tal como lo había hecho Hezbollah, cinco años antes,
con la retirada unilateral del ejército israelí en el Sur del Líbano: como una
huida israelí, producto del "heroico y permanente accionar de la sagrada
resistencia del pueblo palestino y sus combatientes de la libertad". Una
lástima, cuando no un crimen, porque tanto aquella retirada como esta
Desconexión costaron vidas, y millones de dólares. De ello no quedó ni siquiera
una buena imagen, la de un Israel y un pueblo judío con los que "se puede
hablar". Luego de la visita de Bush, como decíamos, la canciller Tzipi Livni criticó
el programa de Hasbará que sus funcionarios habían diseñado. Este programa
incluía -y al cabo de estas líneas todavía incluye- el "reposicionamiento de
Israel" y luego la lucha contra la deslegitimación de Israel en los círculos
intelectuales y mediáticos mundiales. Livni pide algo muy sencillo. Que la política del actual gobierno, de dos
estados para dos pueblos, sea parte de la Hasbará. Pues por primera vez
coinciden la política -al menos la declarada- del estado, con lo que dice querer
de Israel la comunidad internacional. ¿Cómo es que no se utiliza a la hora de
argumentar? Amós Hermón, hombre del Likud, titular de la Comisión de Educación de la
Agencia Judía, tuvo el acierto de contratar a una empresa de marketing para
asesorar a la institución en materia de Hasbará. La empresa realizó encuestas en
Estados Unidos y, entre otras conclusiones, recomendó a Hermón no utilizar más
la comparación entre víctimas. El "nosotros también sufrimos; miren si no, a los
chicos que tienen pesadillas por los misiles Kassam", no funciona. Sencillamente
es ridículo comparar un muerto de vez en cuando, y chicos con pesadillas, con la
muerte cotidiana en Gaza. Entrar en el terreno de lo cuantitativo y del lloro,
es perder una y otra vez. La empresa recomendaba lo mismo que Livni (ella misma
una ex-Likud): hacer hincapié en los esfuerzos de paz. Porque también es poco inteligente, cuando no negligente, no contar la
verdad. Dado que la concepción de Hasbará se basa en que contándolo todo se verá
que Israel tiene razón, por qué no revelar al mundo, además de los mentados
esfuerzos de paz, que la paz entre israelíes y palestinos se viene haciendo
desde abajo. Existen cientos de programas de intercambio, de creatividad, de
deporte, de periodismo, de mujeres, de niñez, de campamentos de verano,
escuelas, en las que judíos, árabes y palestinos estudian juntos, escriben
juntos, hacen radio y periodismo juntos, hacen incluso negocios juntos,
intentando enviar un mensaje diferente a sus respectivos líderes y al mundo, el
de dos pueblos que están hartos, y que quieren la paz. ¿Por qué no repetir el
modelo en los lugares donde los judíos se llaman a hacer Hasbará? No estoy
inventando nada, ya hay algunos pioneros. El lector sabrá buscar y encontrar.
Se puede hacer una Hasbará diferente, de otro tono y más eficaz. Una Hasbará
que no busque demostrar cuán antisemitas son los argumentos en contra de Israel
(que no estoy insinuando que falten, sólo digo que con ello se yerra el tiro),
sino que busque generar alianzas y tender lazos con la absoluta mayoría de no
judíos que admiran o que son, en el peor de los casos, indiferentes con la
cuestión palestino-israelí. Sólo basta cambiar el cassette, poner play y llegar
al corazón.
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