martes, 25 de marzo de 2008

Publicado por fpaya @ 17:01


Nuevos vientos en la Hasbará oficial israelí

Por: Marcelo Kisilevski

En la semana posterior a la visita de George W. Bush se publicó en el matutino Haaretz la noticia sobre el disgusto de la ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, por el programa de Hasbará de la División de Hasbará de su propio ministerio. Dicho programa, se quejó, no incluye los esfuerzos negociadores de Israel con los palestinos, a partir de la Convención de Annapolis.

Esta nota busca pasar por alto los hechos coyunturales que nos aquejan en la Franja de Gaza por estos días, y no hacer Hasbará, sino hacer una reflexión acerca de lo que ella implica, que ha llegado la hora.

"Hasbará" es una palabra que no es dable traducir hasta el final, y la más cercana que los hispano parlantes han encontrado sobre el tema es "Esclarecimiento". La política de Hasbará de Israel siempre ha dejado que desear, empezando por el presupuesto dedicado a ella: 7 millones de dólares por año. Según los miembros de dicha División, se trata del presupuesto de publicidad de una compañía de pañales descartables en un año en Israel. Con esos 7 millones, es dudoso -dicho con generosidad- que Israel pueda contrarrestar lo que ocurre en los grandes medios de todo el planeta.

Otro problema de la Hasbará israelí -y judía en el mundo- a favor del país, es su carácter racional. Hasbará viene de la palabra "lehasbir" que significa explicar. La tesis "hasbarística" clásica parte de la base de que basta con explicar todo lo que ocurre, en toda su complejidad, para que el mundo entienda que Israel tiene razón.

Lo cierto es que, si esto fuera así, desde los Acuerdos de Oslo, debería ser lo más fácil del mundo hacer Hasbará a favor de Israel: he aquí a Israel extendiendo una mano de paz a sus vecinos; las pruebas están al canto: hemos cedido territorios a los palestinos; ergo, queremos la paz, y sólo nos cuesta, a ellos y a nosotros, encontrar el camino de salida del laberinto de violencia. Como lo dijo un agregado de prensa por aquellos años: "No se puede hablar de la ocupación israelí como si no hubiera existido Oslo". Si no salimos, es porque con ellos, con el fundamentalismo, que tiene una agenda inflexible por definición, no se puede hablar.

La escuela "explicativa" de la Hasbará, la argumentativa, es cuestionable por su ineficacia, desde el punto de vista liso y llano de los resultados: sencillamente, no ha funcionado. A pesar de los esfuerzos explicativos de Israel y de los judíos del mundo, los ataques a Israel en medios de comunicación, en círculos políticos y en universidades, no hacen más que crecer, al punto de que hoy se organizan congresos sobre el derecho a la existencia de Israel -una pregunta que hasta hace poco hubiera sido considerada "políticamente incorrecta"-, y no sólo en Irán, sino también en Inglaterra.

Frente a esta escuela -aunque, vamos, no hay "escuelas" de Hasbará, sino "actitudes" hacia el tema, por parte de judíos de buena voluntad, que actúan intuitivamente, sin mayor espíritu de marketing ni estrategia de resultados- está la "afectiva", es decir, la actitud de intentar llegar al corazón del interlocutor, crear alianzas, no conquistar con razones sino con creación de lazos. Mostrar imágenes (pero no de víctimas, véase luego) llega al corazón; hablar mirando a los ojos y no desde arriba, al interlocutor que no sabe pero quiere saber, llega al corazón. Una manifestación creativa con un mensaje de paz, incluso con humor (y con muchos medios de comunicación cubriéndola, aunque eso ya es tema de otra nota), llega al corazón.

Cuando un orador de la Hasbará -y los hay excelentes- habla ante gentiles, puede obtener dos actitudes de su auditorio. Si es la de: "Qué hijo de mala madre: qué bien manipula los hechos", o "Habla muy bien, pero lo odio", entonces ha fracasado. Si ante las mismas argumentaciones, la actitud que despierta es: "Caramba, no lo había pensado así. Cuéntame más", entonces ha iniciado un buen camino. Pues el problema de la Hasbará racional, no es racional sino afectivo: no despierta los sentimientos adecuados. Y es en el terreno de los sentimientos donde se dirime la contienda.

El problema es que, aun dentro del paradigma racionalista de la Hasbará, los argumentos eficaces -"Israel hace verdaderos esfuerzos de paz, y las pruebas están..."- no se han utilizado ni expuesto debidamente, y esto tiene que ver ya con la interna judeo-israelí.

Es que defender la fórmula de "territorios a cambio de paz" se inscribe en la línea de izquierda, mientras que la derecha defiende el principio de "paz a cambio de paz".

Pero, discusiones intra-judeo-israelíes al margen, debe estar claro para todos los cuadros judíos de la Hasbará, y luego para todo el mundo gentil, que hoy la fórmula de "dos estados para dos pueblos", no es sólo una propuesta izquierdista, sino que se ha convertido en política de estado. Pues la alternativa es un solo estado que sea bi-nacional dado que, en algún momento no tan lejano, los árabes serán mayoría entre el Jordán y el Mediterráneo. El estado bi-nacional implica, a la larga, el fin de Israel como estado judío, debido a estas proyecciones demográficas del conflicto.

La idea de dos estados para dos pueblos fue tomando forma, como política oficial del Estado de Israel, allá por los tiempos de la Desconexión, aquel plan de retirada unilateral de la Franja de Gaza. El entonces primer ministro Ariel Sharón apoyó la idea, que había sido acuñada, en realidad, en el seno del Laborismo. Pero en lugar de justificarla en la necesidad de un horizonte de paz y demás argumentos de izquierda, Sharón habló de "asegurar la mayoría judía en el Estado de Israel".

También bajo Sharón, el estado tomó otra medida que asegurara esta mayoría: por primera vez, los programas de la Agencia Judía para grupos de jóvenes judíos en Israel gozarían de fondos israelíes en lugar de provenir sólo de donaciones de las comunidades judías en el exterior, léase Sojnut. Así surgió Masá, compañía subsidiaria de la Sojnut, de programas largos en Israel. El motivo fue estadístico: los programas de 6 meses a un año, le explicaron a Sharón en la Sojnut, es decir, brindaban al joven una experiencia significativa por su duración y profundidad, para su identidad judía y sus lazos con Israel, al punto de ser los que producen más aliá (inmigración definitiva a Israel) de jóvenes judíos. Y esto también asegura la mayoría judía en el Estado.

Sin embargo, la retirada de la Franja de Gaza fue malvendida en el plano de la Hasbará. Israel podría haberla presentado como "el principio del fin de la ocupación". "Aquí tienen", podían haber dicho Israel y los judíos del mundo preocupados por la imagen de Israel. "También es de interés de Israel acabar con esta historia, hemos cedido territorios, hemos permitido la creación de una Autoridad Palestina, hemos aceptado la idea de un estado palestino, y ahora nos vamos de Gaza. Somos dos pueblos en busca de una solución práctica a un problema, y no un imperialista, monstruo de mito griego, frente a su víctima inmaculada. Todo lo que pedimos es el fin del terrorismo", y demás argumentos que podrían hablar del verdadero carácter de la actitud israelí. Se pueden criticar actitudes de Israel en el terreno, se las puede incluso condenar, se pueden cambiar. Pero no es una política de exterminio ni mucho menos. Hay gran respeto por los palestinos, como se respeta a un adversario duro.

Sólo que todo esto suena a "izquierdista", y la mayoría de los judíos preocupados por la Hasbará sienten rechazo por todo lo que suene a izquierdista, a concesionista. El resultado fue que, tanto el Estado como las comunidades judías, guardaron silencio, y la Desconexión no fue "vendida" ni de un modo ni de otro. El vacío fue llenado por la Hasbará palestina, que supo muy bien presentar la Desconexión tal como lo había hecho Hezbollah, cinco años antes, con la retirada unilateral del ejército israelí en el Sur del Líbano: como una huida israelí, producto del "heroico y permanente accionar de la sagrada resistencia del pueblo palestino y sus combatientes de la libertad". Una lástima, cuando no un crimen, porque tanto aquella retirada como esta Desconexión costaron vidas, y millones de dólares. De ello no quedó ni siquiera una buena imagen, la de un Israel y un pueblo judío con los que "se puede hablar".

Luego de la visita de Bush, como decíamos, la canciller Tzipi Livni criticó el programa de Hasbará que sus funcionarios habían diseñado. Este programa incluía -y al cabo de estas líneas todavía incluye- el "reposicionamiento de Israel" y luego la lucha contra la deslegitimación de Israel en los círculos intelectuales y mediáticos mundiales.

Livni pide algo muy sencillo. Que la política del actual gobierno, de dos estados para dos pueblos, sea parte de la Hasbará. Pues por primera vez coinciden la política -al menos la declarada- del estado, con lo que dice querer de Israel la comunidad internacional. ¿Cómo es que no se utiliza a la hora de argumentar?

Amós Hermón, hombre del Likud, titular de la Comisión de Educación de la Agencia Judía, tuvo el acierto de contratar a una empresa de marketing para asesorar a la institución en materia de Hasbará. La empresa realizó encuestas en Estados Unidos y, entre otras conclusiones, recomendó a Hermón no utilizar más la comparación entre víctimas. El "nosotros también sufrimos; miren si no, a los chicos que tienen pesadillas por los misiles Kassam", no funciona. Sencillamente es ridículo comparar un muerto de vez en cuando, y chicos con pesadillas, con la muerte cotidiana en Gaza. Entrar en el terreno de lo cuantitativo y del lloro, es perder una y otra vez. La empresa recomendaba lo mismo que Livni (ella misma una ex-Likud): hacer hincapié en los esfuerzos de paz.

Porque también es poco inteligente, cuando no negligente, no contar la verdad. Dado que la concepción de Hasbará se basa en que contándolo todo se verá que Israel tiene razón, por qué no revelar al mundo, además de los mentados esfuerzos de paz, que la paz entre israelíes y palestinos se viene haciendo desde abajo. Existen cientos de programas de intercambio, de creatividad, de deporte, de periodismo, de mujeres, de niñez, de campamentos de verano, escuelas, en las que judíos, árabes y palestinos estudian juntos, escriben juntos, hacen radio y periodismo juntos, hacen incluso negocios juntos, intentando enviar un mensaje diferente a sus respectivos líderes y al mundo, el de dos pueblos que están hartos, y que quieren la paz. ¿Por qué no repetir el modelo en los lugares donde los judíos se llaman a hacer Hasbará? No estoy inventando nada, ya hay algunos pioneros. El lector sabrá buscar y encontrar.

Se puede hacer una Hasbará diferente, de otro tono y más eficaz. Una Hasbará que no busque demostrar cuán antisemitas son los argumentos en contra de Israel (que no estoy insinuando que falten, sólo digo que con ello se yerra el tiro), sino que busque generar alianzas y tender lazos con la absoluta mayoría de no judíos que admiran o que son, en el peor de los casos, indiferentes con la cuestión palestino-israelí. Sólo basta cambiar el cassette, poner play y llegar al corazón.


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