lunes, 04 de febrero de 2008
El frío vengador
Por Alcides
Estamos en invierno. Yo vivo el invierno. Este es un invierno frío, un invierno reivindicador de sí mismo. Este invierno es tan invierno como cada invierno, quizá un tanto expansivo, como los de antes; como los de hace cuatro, tres, dos años, sin ir más lejos. Es un invierno portavoz de invierno que proclama: El frío también existe.
Hay quien no se lo cree. Hay quien no siente en las parcelas de piel desnuda el helor de las temperaturas bajo cero; unas parcelas ampliadas al dictado de la información meteorológica mediatizada. La contradicción ocasiona inestabilidad emocional y conflicto anímico. Hay quien se cree hasta lo que perjudica gravemente a la salud. Le llamaremos Seguidor, para no revelar su identidad por respeto al que fue y a sus abochornados deudos. El tal Seguidor no era una lumbrera ni un dechado de virtudes cívicas, pero tampoco un falsario a plena dedicación o un subvencionado propagandista; era, simplemente, un crédulo, cándido, oficialista.
— Lo ha dicho la televisión, lo dice la radio, lo dicen los periódicos y el Ministerio de Medio Ambiente -esgrimía Seguidor con vehemente convencimiento.
— Pero hombre, que estamos en invierno, que hace frío.
— La temperatura es primaveral, el ambiente es cálido. Lo dicen y lo repiten -insistía, enfático, Seguidor.
— Abrígate; ¿no ves a la gente? ¿Y el viento? ¿Y la niebla? ¿Y el manto de escarcha que alfombra la campiña, los tejados y las calles cada mañana? Que enardece la nariz y las yemas de los dedos, también ¿Y los grados bajo cero que ciernen las madrugadas?
— Los telediarios lo dicen. Los de Prisa lo dicen. Pedro Jota Ruiz de la Prada lo dice. Al Gore lo dice.
A Seguidor no hubo manera de convencerle. La versión oficial era para su caletre, digamos, sagrada. Por más que pretendíamos disuadirle de su obcecación, él terco y constante.
— Que lo dicen los que saben: ya no hay inviernos, se ha acabado el frío, y como nunca más tendremos frío la ropa de abrigo sobra. ¿Es que no os dais cuenta?
— Mira tú que estos presupuestos no rigen en esta parte de España, que es España, pero que no entronca con la versión oficial; en Castilla hace frío, los inviernos son fríos en Castilla, unas veces más y otras menos, pero son inviernos y son fríos. En el Mediterráneo los inviernos son suaves y secos desde tiempos inmemoriales; en algunas zonas del Levante y Sur español te puedes bañar en la playa casi todo el año, antes y ahora, sin riesgo mayor que pillar un resfriado.
Inasequible a la racionalidad, Seguidor, en mangas de camisa bajo la niebla heladora, agrietados los labios por el frío y amoratadas las orejas, denunciaba el sesgo calorífico en la dimensión medioambiental.
— Como en primavera, y en dos días como en verano.
Seguidor no entendía que una cosa es el poder creciente del Sol, la innegable y notoria influencia de la actividad solar, su progresiva dilatación que en aproximadamente cuatro mil millones de años aniquilará toda vida en la Tierra y, aproximadamente, mil millones de años después provocará su autodestrucción consecutiva a la de los planetas de su órbita, y otra muy distinta que en otoño y en invierno cuando el Sol pugna con adversarios de raigambre en lugares de España, que son España, pese al desconocimiento y al provocado abandono, el frío haya pasado a la historia de la conveniente utilidad; valga la redundancia.
— ¿Y el vaho que expeles por la boca es brisa tropical?
Intentos baldíos. El poder comunicativo de Al Gore et allius superaba con creces a la pura y dura realidad. ¿Será que ciertas partes de España, que son España, presentan caracteres de contumaz diferencia, insumisas? Basta que replicáramos a su fe incondicional -la asimilada fe del converso- con manifiestos tales como que el susodicho “icono potentado de la concienciación climática” camufla con proclamas apocalípticas sus contaminantes negocios y sus fecundos desplazamientos, cobrando fortunas -que pagamos los contribuyentes- por personarse en un auditorio previamente entregado a su producción audiovisual y prédica aneja, despreciando la tecnología inocua que permite comunicarse a miles de kilómetros sin esparcir agentes patógenos por los cielos de medio mundo.
— ¿Que respondes a eso?
Seguidor fruncía el ceño, calaba las manos en los bolsillos, resoplaba y mascullaba imprecando contra la climatología rebelde y los indóciles, reacios a los extendidos postulados.
Aún así, los presuntamente ofendidos, conscientes de la perturbación, invocábamos al resto de cordura que suele permanecer activo hasta el último aliento.
— ¡Si los perros, los gatos, los gorriones y los patos tiemblan al verte tan fresco, tan desamparado de vestido!
Y aconteció lo previsible. Seguidor sonreía a todo el que pasaba, en mangas de camisa, con la mirada fija en un porvenir cálido, desecado. Era la suya una sonrisa apacible, sosegada, casi perdida, casi feliz. Pudiera ser que al final, sin que lográramos convencerle de la inconveniencia de la difusión mediática, del invocado cambio climático desde poderosos oráculos con intereses múltiples y beneficios contantes y sonantes, el pobre hombre hubiera comprendido que no hay tozudez ni convencimiento ni exposición retadora que prevalezcan frente a la sentencia de los inviernos tradicionales en estas tierras de España, que son España, pero que no recoge la versión oficial sea cual sea el portavoz que la interprete.
Es un suponer. Como fuere, Seguidor partió con una sonrisa casi beatífica, casi reconciliadora, en busca de un clima apto para acelerados creyentes de la nueva era. Entre los asistentes a la despedida, impasible, el frío del invierno.