No tenía porqué ser así…Capítulo III – “Se me pusieron los pelos de punta….”
Tercer artículo de las reminiscencias de un israelí que fue testigo desde “el otro lado” de los sucesos que otrora enturbiaron las buenas relaciones entre dos países amigos: el Estado de Israel y la República Argentina.
Al día siguiente, me esperaban los diarios de la fecha y del día anterior. No eran pocos los que tenía sobre mi escritorio: “Haaretz”, el de mayor prestigio considerado el decano de la prensa hebrea; “Davar”, vocero de la Histadrut que respondía al oficialista Mapai y al sector obrero; “Lamerjav“, el órgano del Ajdut Haavodá, a la izquierda del Mapai; Habóker”, vocero de los Sionistas Generales, partido de derecha; “Jerut”, el portavoz del partido homónimo de la oposición que lideraba Menahem Begin; “Al Hamishmar”, vocero de la izquierda israelí personificada en el Mapam, y si me quedara tiempo, allí estaba el “Kol Haam”, vocero del partido comunista que lideraba Meir Wilner. Confieso que no recibía “Hatzofé”, órgano del Movimiento Mizraji, pero sí me llegaba (aunque no hubiese sido solicitado) “Hamodía”, de Agudat Israel, un diario ultraordoxo que hasta el día de hoy carece de crónica policial ya que no informa sobre asesinatos, robos o delitos sexuales, salvo en casos excepcionales. Como si no fuera suficiente también recibíamos dos ejemplares del Jerusalem Post, que solíamos leer el Embajador y yo, y el pequeño diario en francés “L’Echo d’Israël”, al que le echaba una ojeada de vez en cuando. Y una vez por semana llegaba por correo “La Verdad”, el semanario en ladino que nos hacía tanta gracia por el curioso y arcaico español que nos brindaba en una ortografía tan original. También el semanario “Haolam Hazé” del controversial opositor por excelencia (hasta el día de hoy) Uri Avneri llegaba a la Embajada. Este era el peor: sencillamente, Israel era un país imposible que adolecía de todos los males habidos y por haber, y al autoritario Ben Gurión esa publicación no lo podía ver ni pintado en la pared.
Para recapitular esta larga nómina, he de confesar que mientras tanto han desaparecido muchos de los diarios citados: el periodismo partidario, que tanto auge tuvo en los primeros años de la existencia del Estado, ha dejado de existir porque ya no interesaba al público. Hoy tenemos cuatro diarios principales: Yediot, Maariv y Haaretz, y el Jerusalem Post en inglés. Hay también una edición inglesa del Haaretz, y en el Internet podemos leer el Ynet del Yediot también en inglés. Y para noticias económicas, está el “Globes” que se publica cinco días por semana. Los demás, como es sabido, no editan ediciones los sábados.
Volviendo a mi relato, en ese momento dejé de pensar y me puse a trabajar: es decir, empezar a leer la prensa de dos días. Mis compañeros de trabajo me echaban en cara que venía a la oficina, y en lugar de trabajar leía tranquilamente los diarios, escribía cualquier cosa que se me ocurriera y me iba a casa… Puedo afirmar con conocimiento de causa que es una tarea bien ardua leer tantos diarios, dejar a un lado la paja y llegar al grano. Eran páginas y más páginas que debía ojear, enfrascarme en algún artículo de fondo que no parecía acabar nunca, y luego traducirlo o, lo que todavía es peor, resumirlo en una hoja de 30 renglones, como tantos embajadores me exigían. Hasta el día de hoy leo la prensa como si fuera una obligación: no veo en ello un recreo. Pero por el otro lado, sin diarios no podría vivir: es evidente que este virus me ha afectado hasta tal punto que sigue vivo y coleando dentro de mí. No parece haber antibiótico que pueda con él.
Tenía la suerte de contar con la ayuda de un funcionario argentino: mi buen amigo Jacobo Neviasky, fallecido hace tantos años. Había sido enviado por la Cancillería en 1952 cuando la misión argentina todavía era Legación, y unos años más tarde pasó a ser Embajada. Era un buen judío que había desempeñado diversos cargos públicos, y fue elegido para asistir al primer enviado designado a representar a la Argentina ante el novel Estado Judío. Era un políglota, y entre los idiomas que conocía figuraba también el hebreo. Fue este personaje quien en más de una ocasión me dio una mano en mi ardua labor, y supo asesorarme lingüísticamente cuando se presentaba la necesidad. Su función principal era la de administrador de la Embajada. Diez años más tarde recibió una orden de traslado: como conocía el ruso, lo destinaban a la Embajada en Moscú. El amigo Neviasky quedó consternado: para un judío, por mucha inmunidad diplomática que pudiera tener, ser destacado a la URSS a fines de los años sesenta era muy peligroso. Todavía se recordaba el caso de los médicos judíos del Kremlin, que fueron fusilados en razón de los delirios persecutorios de Josef Stalin. Previamente, muchos escritores y pensadores judíos habían sido eliminados por el régimen. La URSS era un enemigo declarado de los judíos y Neviasky, un judío argentino muy orgulloso de ser tal. Cuando la Cancillería argentina se negó a considerar su pedido de buscarle otro destino, renunció del Servicio Exterior y se quedó en Israel. Hasta que se jubiló ocupó un cargo en el Centro de Inversiones de Israel, quien supo hacer buen uso de su conocimiento de idiomas para promocionar las inversiones extranjeras.
A media mañana me llamó un periodista latinoamericano amigo para darme una primicia. - Acaban de informar que Eichmann llegó de “cierto país de América del Sur”, me dijo. -¿De dónde sacaste la noticia?, le pregunté. –La acaban de difundir las agencias noticiosas. - Pero se trata solamente un transcendido, ¿no? - afirmé en defensiva, pensando en la cantidad de nazis que habían encontrado refugio no solamente en la Argentina, sino en Chile, Paraguay y Brasil también. Al insistir me confesó que la noticia hablaba de “América Latina”, agregando su opinión que habría llegado de la Argentina. Llamé a ITIM, la agencia noticiosa israelí, pero el redactor de turno no me pudo confirmar ni desmentir la noticia. También traté de ponerme en contacto con otro hombre de prensa que conocía, Nathan Gurdus, entonces corresponsal de la Agencia France-Presse en Israel, pero no estaba en su oficina.
Sea como fuera, era evidente que no podía descartar esa hipótesis. Se basaba en un hecho que no se comentaba mucho, pero que era bien sabido por los argentinos residentes en Israel, y fue de esa fuente que llegué a saberlo. El dictador Juan Perón, que decía ser tan gran amigo de la colectividad judía, había permitido el ingreso de gran cantidad de nazis alemanes y otros colaboradores del nazismo de diferentes países, entre ellos croatas, franceses y belgas. De ese modo, afirmaban esas versiones, al margen de conseguir la colaboración de expertos en la doctrina de dominar a todo un pueblo, había podido engrosar en gran medida sus arcas personales.
La noticia, aunque no confirmada, era bastante importante para que la conociera el Embajador. Fui a su despacho y se la relaté. Me preguntó la fuente, y se la revelé. Aunque la novedad le habría impresionado, trató de aparentar cierto escepticismo. “Ese tipo es un pájaro de mal agüero. Haría lo imposible para hacerse notar”, me dijo con toda seriedad. “Pero eso no descarta el hecho que muchas veces ha sido cierto lo que ha dicho”, le contesté. “Además, se desvela por dar a conocer primicias”. “Bueno”, me contestó el Embajador taciturno y visiblemente preocupado “Ya veremos”.
A eso del mediodía llegó un cable. Como el jefe de Misión fue directamente a la “cámara secreta”, comprendí que era cifrado. No se trataba de nada del otro mundo, cualquier embajada los recibía entonces, en la época que precedió al teletipo y mucho más tarde al Internet. Pero el hecho que el Embajador fuera él mismo para ver cómo lo descifraban, en lugar de esperar recibir el texto en su despacho, ya era un indicio notable. No tenía que ser muy perspicaz para comprender que estaba ocurriendo algo fuera de lo normal. Seguidamente hubo una reunión de los funcionarios en el despacho del embajador, y la telefonista dijo haberse quedado afónica, al insistir tantas veces para conseguir que el Embajador hablase repetidamente con Buenos Aires. Se ha de recordar que en aquel tiempo no existía la posibilidad de marcar cualquier número al exterior. Incluso para llamar a Jerusalén era necesario la intervención de la Central Telefónica.
Por la tarde el mensajero Abraham me trajo el “Maariv” y el “Yediot Ajaronot”, que eran entonces diarios vespertinos. El asunto Eichmann seguía teniendo preferencia, pero ahora la atención se centraba de dónde lo habrían sacado. Las versiones eran contradictorias. Mi informe oral fue recibido con el ceño fruncido del Embajador y otros funcionarios. Al salir del despacho me di cuenta que la atmósfera se había enrarecido. Ya era hora de salir, me fui a casa y traté de olvidarme del asunto. Teníamos proyectado ir al cine, y así lo hicimos mi esposa y yo. Pero recuerdo que durante la película lo ocurrido no me dejaba tranquilo. Esta salida me evitó saber lo que la radio ya anunció aquella noche: Eichmann había sido traído de la Argentina.
A la mañana siguiente fui como siempre el primero en llegar a la oficina. La Embajada estaba situada en la calle Hayarkón 68, que era y sigue siendo la sede de muchas de las principales representaciones extranjeras. A pocos pasos estaba la Embajada de EE.UU., y la francesa y la británica no se hallaban lejos de allí. Era el centro diplomático de Tel Aviv y, por ende, de Israel.
En la entrada del edificio había dos hombres vestidos en civil. Me preguntaron dónde iba, y luego de mirarlos fijamente me di cuenta que el asunto iba en serio. Me identifiqué. Pidieron ver mi documentación y apuntaron mi nombre. Se veía que eran agentes enviados por algún servicio de seguridad israelí. Estaban allí para protegernos de cualquier intento de atentar contra la Embajada. Poco después supe que la Residencia del Embajador también estaba sujeta a un servicio de vigilancia. Al ver la prensa se me pusieron los pelos de punta. Había comenzado la crisis diplomática entre Buenos Aires y Jerusalén.
Moshé Yanai