viernes, 14 de septiembre de 2007
No tenía porqué ser así… Capítulo IV – Nazis en la Argentina.

Cuarto artículo de las reminiscencias de un israelí que fue testigo desde “el otro lado” de los sucesos que otrora enturbiaron las buenas relaciones entre dos países amigos: el Estado de Israel y la República Argentina.
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Hace un par de años “La Razón” de Buenos Aires pretendió que había sido el primero en informar sobre la captura del criminal nazi, que se realizó el 11 de mayo de 1960. Afirmó que una semana más tarde insertó en un pequeño recuadro la siguiente noticia: “Un criminal de guerra nazi fue apresado por el Estado de Israel”. Esta lacónica noticia nada agregaba sobre cómo, cuándo y dónde había ocurrido esa captura. El diario argentino sostiene que el 26 de mayo anunció que había sido capturado en la Argentina, al mismo tiempo que el Kronner Zeitung de Viena y el Daily News de Nueva York. La versión que yo conozco es un tanto diferente: parece ser que la noticia fue revelada por primera vez en el semanario Time. Esto es, por lo menos, lo que se dijo en su momento en la Embajada, y bien lo confirman historiadores como Raanán Rein.

Sea como fuera la revelación cayó como una bomba en la Embajada Argentina en Israel. Todos quedamos anonadados. De repente se habían creado dos bandos: funcionarios argentinos de un lado y empleados locales del otro. Habíamos llegado principalmente de España, pero había también dos argentinas. Desde luego, todos nos sentíamos más israelíes que cualquier otra cosa. De modo que de repente apareció una situación bien complicada: no estábamos del lado de los “ofendidos” argentinos, quienes echaban el grito al cielo por el hecho que Israelí había “atentado contra la soberanía de su país”. Todos sabíamos que en las condiciones que reinaban en Buenos Aires era imposible cursar un pedido de extradición. De conocerse que los israelíes habían descubierto su paradero, el pájaro hubiera volado inmediatamente de la jaula. Lamentablemente, la extradición de un criminal nazi era imposible. Habían demasiados elementos nacionalistas pro nazis involucrados en todo ello. A mi modesto modo de ver, no sería justo decir que la Argentina era un país antisemita. Pero era un hecho comprobado y bien sabido que había en esa república poderosos intereses pro nazis que se opondrían a su extradición.

En medio, un tanto desconcertado, estaba Jacobo Neviasky. Como funcionario argentino, hubiera debido estar de su lado. Pero como judío tan cabal como era, no podía traicionar sus más íntimas convicciones. Con su modo de ser tan diplomático trataba de explicar a sus superiores la importancia vital que tenía para Israel llevar ante la justicia a uno de los mayores criminales nazis. Recuerdo que unos días más tarde, cuando el embajador García Arias ya no estaba y el Consejero Colombo quedó como encargado de negocios, éste le increpó duramente. – ¿Se puede saber de qué lado está usted?-, le preguntó bien irritado. Neviasky, con su conocida habilidad eludió la pregunta, haciendo hincapié a uno de sus conocidas historias de algún que otro rabino, que bien sabían salir airosos de aprietos en la golá con sus sabios relatos. Se ha de señalar que hasta entonces este diplomático, con el que sea dicho de paso nos hicimos buenos amigos con el tiempo, había mantenido una encomiable compostura, pero en aquel momento afloraron las tensiones de la difícil situación que se había creado. El jefe en funciones de la Embajada no insistió: estimo que se habría arrepentido de su acto impulsivo. Pero a veces la atmósfera era tan densa en la oficina que, como se suele decir, se la hubiera podido cortar con un cuchillo.

Efectivamente, nosotros nos dedicábamos a nuestro trabajo, y eludíamos cualquier intento de discutir el asunto con quienes pretendían sentirse tan ofendidos, aunque en su fuero interno posiblemente comprendieran que Israel tenía razón. De cualquier modo aquéllos fueron días muy tensos en la oficina; en cierto modo como traductor que era, no tenía siquiera tiempo para discutir: estaba inmerso en una labor tan copiosa que parecía no terminar nunca. Por una vez, las relaciones con la Argentina estaban al orden del día, y en la prensa aparecían cada día sendos artículos sobre el carácter del país y los poco agradables antecedentes en cuanto a los refugiados nazis se refería. Y que conste que Eichmann no es el único, afirmaban, centenares sino miles de alemanes y sus colaboradores habían llegado a sus costas con la anuencia del Gobierno y vivían tranquilamente, algunos abiertamente y otros con identidad ficticia. Todo ese material tenía que ser traducido: en Buenos Aires se observaba con particular atención la reacción de los medios israelíes.

Hace unos años se publicó en la Argentina un libro denominado “La auténtica Odessa” del periodista Uki Goñi. Muy bien documentado, su autor relata cómo llegaron los nazis a la Argentina: no lo hicieron clandestinamente, sino con el visto bueno y el apoyo del propio Juan Perón. El hecho confirmado es que la organización creada para traerlos fue creada en la Casa Rosada en una reunión celebrada por el Presidente con nazis alemanes, franceses y belgas. En declaraciones al diario argentino “Página Doce” en diciembre de 2002, el citado hombre de prensa señala que había encontrado “mucho más de lo que esperaba” en el curso de no menos de doscientas entrevistas realizadas en varios países. Afirma haber investigado los archivos en Bélgica del colaboracionista Pierre Daye, que vivió en Argentina y era un hombre educado. Agrega que descubrió su detallado diario, del que se desprende que fundó la organización para el rescate de sus camaradas en una reunión de esos nazis en la sala de gabinete con Perón. Daye dejó detalladas descripciones de las reuniones con el presidente argentino, indicando cómo que se miraban entre ellos esos criminales de guerra, que se reconocían ser tales y estaban sorprendidos de que “el presidente más importante de Sudamérica nos recibiera en su palacio presidencial.” Otros archivos importantes fueron los suizos, donde se guardan las detalladas minutas del jefe de policía de los años cuarenta, Heinrich Rothmund, que hace un pacto con los agentes argentinos para mandar nazis refugiados a Argentina. También pudo reunir mucha información de los informes norteamericanos sobre la vía española de escape.

Agrega que “Perón dio varias entrevistas en los sesenta y setenta diciendo que Nuremberg era una desgracia, una infamia, que no se podía someter a juicio a un ejército derrotado, y que él se propuso rescatar a los nazis de la justicia aliada. Lo decía públicamente. Perón hizo, en realidad, varias cosas a la vez. Obviamente, le estaba dando un gran servicio a los nazis que trajo a la Argentina. Se estaba haciendo un favor a sí mismo porque pensaba que esa gente le podía servir como agentes anticomunistas. Tercero, les estaba haciendo un favor a los Aliados., que apenas empezó la Guerra Fría infiltró a los colaboraci0onistas como agentes anticomunistas en el Bloque Oriental”.

Sin embargo, la gran fuente de información, agrega Uki Goñi, fue precisamente la Dirección Nacional de Migraciones de Buenos Aires. Desde luego que a pesar del tiempo pasado se armó un gran revuelo cuando pidió leer sus archivos. En definitiva, el investigador descubrió que cada inmigrante tenía su propio legajo, y encontró las entradas correspondientes de Mengele, Eichmann y Priebke. Pero sus expedientes, por mucho que se buscaran, no se hallaron. El periodista insistió tanto, que al final un funcionario le increpó con duras palabras: “¿Qué quiere que haga? ¿Qué le admitamos que nos ordenaron quemarlos en 1996? Nunca lo admitiremos”. Me parece que huelgan los comentarios.

En otro artículo publicado recientemente se afirma que hasta el día de hoy “la Cancillería argentina elude responder a reclamos interpuestos desde 2001 por varias organizaciones para que se difunda una circular secreta firmada en 1938 por el titular de ese ministerio, ordenando a cónsules argentinos en Europa negar visados a ”indeseables o expulsados”, en alusión a ciudadanos judíos de ese continente. Desde hace cuatro años, el Centro Simon Wiesenthal y la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, piden a sucesivas autoridades diplomáticas que difundan la circular ”reservada y estrictamente confidencial”, a la que IPS tuvo acceso, firmada por el canciller José María Cantilo en 1938, y hallada 60 años después en la sede de la embajada en Suecia por la investigadora argentina Beatriz Gurevich.

Esas entidades, reclaman además infructuosamente a la cancillería que fundamente la decisión adoptada en 2001 de colocar una placa en la sede del ministerio en honor a 12 diplomáticos argentinos por haber sido ”solidarios con las víctimas del nazismo”. Investigaciones recientes revelaron que al menos uno de esos honrados ignoró reiteradamente la suerte de un centenar de judíos argentinos que vivían en Grecia, Holanda y Polonia. Los demás funcionarios, en el mejor de los casos, se limitaron a cumplir con su labor consular de facilitar trámites de salida para ciudadanos de su país, afirman los denunciantes. Finalmente, la mencionada placa fue retirada por la intervención personal del Presidente Kirchner.
Publicado por Desconocido @ 4:25 PM  | Reminiscencias
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