viernes, 14 de septiembre de 2007
No tenía porqué ser así. Capítulo V - Atmósfera taciturna y atentados antisemitas

Quinto artículo de las reminiscencias de un israelí que tuvo que afrontar en el lado opuesto, el conflicto derivado de la captura del criminal nazi Adolf Eichmann.


Así pasaron los días siguientes. Como encargado de prensa estaba con los diarios durante el día y atento a la radio por la tarde hasta una hora avanzada. En los primeros días que siguieron al estallido de la crisis ésta tuvo particular resonancia en la prensa. Entonces me caía de cansancio. Afortunadamente, el viaje de Ben Gurión a Europa empezó a distraer la atención en otros asuntos, de no menor importancia. La reunión celebrada en París por el Primer Ministro con el Presidente De Gaulle, tuvo particular eco. Francia era entonces la mejor amiga de Israel, y su principal proveedor de las armas que Israel precisaba para defenderse del peligro árabe. Ben Gurión también se entrevistó con el rey Balduino de Bélgica y la Reina Juliana de Holanda, y logró granjearse la amistad y simpatía de Bélgica y los Países Bajos. Poco después, a principios de julio, la Industria Aeronáutica de Israel se apuntó un importante logro al entregar a la Fuerza Aérea el primer avión “Fouga Magister”. Aunque era un avión de entrenamiento, no olvidaré que durante la Guerra de los Seis Días veíamos las escuadrillas de esos aviones que se dirigían hacia el frente sirio, para participar en la lucha contra Damasco como cazas ligeros. Posteriormente, la empresa Bezek de IAI introdujo no menos de 250 modificaciones en el modelo francés, incluyendo un nuevo motor y una mejorada cabina de pilotaje. Al nuevo aparato de entrenamiento se le asignó el nombre de Zukit.

Pasando al tema del epígrafe, efectivamente las caras serias del embajador y los funcionarios, y nuestra sensación que se estaba desarrollando un drama cuyos detalles desconocíamos, impusieron en la oficina un ambiente de particular seriedad. Se había esfumado como por encanto la grata atmósfera previa que habíamos conocido. Como una pequeña embajada que éramos, con un personal relativamente joven y unos funcionarios muy cordiales, antes el ambiente se había prestado a crear un cuadro de cordialidad. Ahora, el personal estaba irritado y resentido, y por lo menos en mi caso incluso llegué a contemplar dejar mi trabajo y buscar otra cosa más atractiva y mejor remunerada. Pero cambiar de empleo equivalía a echar por la borda nueve años de trabajo sin compensación alguna.

Otro aspecto derivado del entredicho fue la actitud de muchos “amigos” de la Embajada. Al conocerse la noticia, dejaron de ser tales. Me refiero en especial a los argentinos radicados en Israel, que por muy israelíes que fueran no dejaban de ser tales. Pero desde luego, estaban del otro lado, y mantener relaciones con la Embajada de un país que estaba tan “enojado” con Israel, no era lo más oportuno. El problema es que en esta nómina figurábamos también nosotros, los empleados locales, que no éramos menos israelíes que ellos. A muchos de ellos les resultaba difícil comprender que precisamente nosotros, los que manteníamos contacto diario con los diplomáticos argentinos, hacíamos lo indecible para que explicar la médula del problema, en la esperanza que encontrase eco en los informes que enviaban a Buenos Aires.

Volviendo al cambio de ambiente, me dolía en especial el distanciamiento con el embajador García Arias. Había tenido ocasión de conversar a menudo con esta personalidad que ocupó un alto cargo en la Cancillería argentina. Este estaba animado por el deseo de conocer a fondo los intrincados problemas del país, y llegó al extremo de invitarme a almorzar en la Residencia para que le comentara varios temas de la actualidad israelí. En especial le interesaba conocer los antecedentes del conflicto con Siria, que en esa época estaba en su apogeo. Hablamos mucho sobre el conflicto creado por el plan de Israel de desviar el Jordán, para crear el Conducto Nacional de Aguas que llegara hasta el Néguev. Siria se había opuesto terminantemente a este plan, y su argumento se basaba en el hecho que el desvío se haría en la llamada zona desmilitarizada. ¿Qué tiene que ver una obra civil con restricciones militares? Que con toda la mala fe Damasco insistía que se trataba de un ardid israelí para crear fortificaciones, lo que dio lugar a la llamada “guerra del agua”. Una pretensión tan poco válida como suelen ser generalmente las de los árabes, cuando buscan con tanto ahínco cualquier cosa que pueda dañar a Israel.

El proyecto ya fue iniciado en 1953, pero en los años siguientes fue motivo de repetidos y sanguinarios ataques sirios contra las localidades de la Alta Galilea, a pesar que el curso del Jordán estaba totalmente en territorio israelí. El asunto fue elevado ante la ONU, y con el apoyo de los países árabes y otros países lacayos, esa organización había adoptado una decisión anti-israelí, una de las múltiples anotada a su descrédito. Como resultado de ello, Israel se vio obligado a abandonar su plan original, y recoger las aguas bombeándolas desde el Mar de Galilea. Como este lago está a unos 210 metros bajo el nivel del mar, y el punto adyacente más elevado estaba en Eilabun a 151 metros sobre ese nivel, era necesario elevarlas a más de 370 metros de altura, para que luego de pasar por un túnel de unos 15 Km. llegaran a un punto donde corriesen hacia el sur por la fuerza de gravitación. Se trataba de una complicada empresa de ingeniería, que exigió un enorme gasto adicional cuando se tuvieron que modificar los planes. Ello, sin tener en cuenta el costo energético adicional que todavía implica. Todo por la hostilidad árabe contra el Estado. A pesar de todos los intentos de paralizar el proyecto, éste fue finalmente inaugurado en 1964, y es considerado hasta ahora como uno de los más importantes realizados en los casi 60 años del Estado.

En el interés del Embajador de conocer mayores detalles discerní una tendencia a comprender la posición israelí, lo que me estimuló a ampliar las conversaciones que manteníamos sobre este tema. Fue lamentable que terminara sus funciones en forma tan repentina. Unos días más tarde ya había salido del país, llamado con urgencia por la Cancillería, en lo que era un acto de protesta por el caso Eichmann. Fue directamente a Roma, en donde se encontraba en visita oficial el Presidente Arturo Frondizi, para rendirle un informe del impacto que la captura de ese criminal había tenido en Israel. Circularon muchas versiones de un posible encuentro entre Ben Gurión y Frondizi, pero en definitiva no hubo tal, porque el mandatario argentino temía la reacción contraria que hubiera podido desatar en algunas esferas muy influyentes de Buenos Aires. Pero sí se llevó a cabo un intercambio de correspondencia entre ambos que palió en cierto modo la tensión.

La posición argentina se mantuvo muy firme, y las valederas razones presentadas por Israelí no hicieron mella en el Gobierno de Buenos Aires. Este se mostraba realmente pertinaz, haciendo gala del nombre que tenía entonces el oficialismo argentino: Unión Cívica Radical Intransigente. Aunque fuera una iniciativa israelí, como se ha confirmado oficialmente en 2005, el grupo del Mossad que fue a la Argentina había aceptado la exigencia de que se trataba de un operativo “independiente” realizado por quienes en teoría habían dejado de ser agentes de la entidad, para convertirse en “voluntarios”. Es decir, en vista de que se planeaba una acción a ser realizada en territorio de un país amigo, el Estado no se responsabilizaba de sus actos. Pero la médula del problema residía en problemas internos argentinos, que habían hecho de Frondizi un presidente débil con muy escasa libertad de acción. En primer lugar, sus principales opositores, los radicales del pueblo “desataron todo un huracán”, y se aliaron con los nacionalistas, liderados por la odiosa organización antisemita Tacuara, que habían echado el grito al cielo ante semejante “ofensa”. Y como si no fuera suficiente, se metió también la Iglesia en la persona del Cardenal Primado de la Argentina, Antonio Caggiano, quien opinó que existía el “deber como cristianos” de perdonar al criminal de guerra “por lo que ha hecho”. Para ese príncipe de la Iglesia, “Eichmann o Klement no pasaba de ser un inmigrante (que) llegó a nuestro país buscando el perdón y el olvido”. Es realmente sorprendente haber escuchado semejantes aseveraciones de boca de la principal figura eclesiástica de ese país.

Desde luego, estaba siempre presente el antisemitismo, que si bien generalmente no era violento, permanecía latente en muchas esferas de la sociedad argentina. El historiador israelí Haim Avni, en un informe publicado por la DAIA, escribe que en 1958 habían aparecido consignas como “Muerte a los judíos”, “Judíos… la raza mandita” y “Frondizi, vendido a los judíos”, en muros de la capital, en protesta contra la inclusión de varias personalidades judías en su Gobierno. Ocasionalmente, se podían encontrar en informes de la policía la mención de personas con sospechados lazos comunistas que ostentaban “nombre extranjeros”, un eufemismo para designar a judíos. Agrega que en enero de 1960 “una gran ola de actividad antisemita azotó el país”. Pintadas y consignas antisemitas aparecieron en escuelas judías, sinagogas, locales de la comunidad y ciertos barrios residenciales de Buenos Aires, así como en ciudades del interior como La Plata y Córdoba. Aunque las autoridades mantuvieron reuniones con los representantes de la comunidad, de hecho ninguna medida concreta se adoptó contra esos grupos antisemitas. Incluso la Policía Federal autorizó a Tacuara realizar una reunión pública en un barrio de clase trabajadora en Buenos Aires, para protestar contra “la Quinta Columna Judía”.

Como los judíos argentinos bien recordarán, luego de la captura de Eichmann se registraron numerosos brotes antisemitas en ese país. La situación pasó a mayores en 1962 cuando, luego del derrocamiento del Presidente Frondizi, el Ejército instauró un nuevo Gobierno presidido por José María Guido. Dado los casos de corrupción revelados, la extremada confusión política y la inestabilidad económica, crearon un campo fértil para que recrudecieran las manifestaciones antisemitas. Desde luego, el caso más grave fue el de Graciela Sirota, una joven universitaria porteña, ocurrido el 21 de junio de 1962. La chica de 19 años fue golpeada, subida a un auto cuando esperaba el colectivo para ir a la facultad y torturada groseramente con quemaduras de cigarrillos por todo el cuerpo. Para terminar, le grabaron con una navaja una esvástica en el pecho. Este caso provocó gran indignación en la sociedad y se escucharon muchas críticas por la impunidad que gozaban Tacuara y la Guardia Restauradora Nacionalista, otro grupo antisemita. La reacción de la DAIA fue contundente. Paralizó el 28 de junio todo el comercio judío en el país, con adhesión de estudiantes y varios sectores políticos, gremiales e intelectuales.

Ni hablar que el caso fue ampliamente comentado en la prensa israelí, y dio lugar a que se hablase de un antisemitismo argentino en proporciones descomunales, hasta un extremo que no correspondía a la realidad. Pero no se podía desmentir que siempre hubo judeofobia en ese país, aunque generalmente se ha mantenido en forma pasiva. Empero, de vez en cuando explotaba en serios incidentes, que echaban leña al fuego y hacían aparecer a la Argentina como un antro de antisemitismo. Por ejemplo el caso del asesinato de Raúl Alterman. En 1964, como venganza por la muerte de dos militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y uno Peronista en un confuso incidente sindical en el Plenario de la CGT en Rosario, fue asesinado en la puerta de su casa ese joven militante judío de izquierda. Nunca quedó muy claro porque fue elegido Alterman como blanco del ataque, aunque se supone que su elección fue sólo por su condición de judío y comunista.

Luego del asesinato, esta organización envió una carta a los padres de Alterman, diciendo: “Nadie mata porque sí nomás; a su hijo lo han matado porque era un perro judío comunista. Si no están conformes que se retiren todos los perros y explotadores judíos a su Judea natal ¿Qué hacen en nuestro país? “ Es cierto que el crimen dio lugar a un escándalo nacional, y fue repudiado incluso por antiguos militantes de la extrema derecha por su tinte e ideología nazi. Pero esa manera de expresar recuerda las funestas expresiones de la propaganda nazi.

Moshé Yanai
Publicado por Desconocido @ 4:22 PM  | Reminiscencias
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