viernes, 14 de septiembre de 2007
No tenía porqué ser así. Capítulo VI - “La Mano Negra”

Sexto artículo de las reminiscencias de un israelí que tuvo que afrontar en el lado opuesto, el conflicto derivado de la captura del criminal nazi Adolf Eichmann.


Pasaban los días y no se vislumbraba ninguna posibilidad de llegar a una solución del problema. La Argentina elevó una reclamación oficial ante la ONU, protestando contra el atentado a su soberanía. En teoría, se podía afirmar que tuviese razón. En la práctica, no creo que haya habido jamás una reclamación tan desgraciada y quisquillosa. Creo recordar que era la primera vez que un país no árabe presentaba una queja oficial en ese foro contra el nuevo Estado de Israel.

Habían transcurrido unos diez días desde que estalló el conflicto, y estábamos trabajando en el tema tres empleados locales en la Embajada. Yo traduciendo y las muchachas pasando en limpio el material que les entregaba. El Cónsul y el Sr. Neviasky se habían retirado, y el Consejero Colombo, entonces encargado de negocios había ido a casa para almorzar y descansar un ratito antes de regresar al trabajo. Eran alrededor de las tres de la tarde cuando sonó el teléfono. La telefonista había ido ala cocina para hacernos un café, y estando cerca de la centralita levanté el auricular. A mi saludo “Embajada Argentina, buenas tardes”, me contestó un gruñido. “Ata medaver ivrit?”, me preguntó esa voz agria. “Ken”, lo contesté, “Sí, hablo el hebreo”. Entonces con voz dramática me dijo: “Aquí la Mano Negra. Estamos por dinamitar la Embajada. Le aviso para que evacuen a todos los niños y mujeres del edificio”. Y si agregar nada más colgó. Vamos, me pregunté a mí mismo, y ¿los hombres…?

Confieso que en un primer momento me quedé desconcertado. Luego comprendí que era necesario hacer algo. Ahora bien, el Consejero Colombo hacía un par de horas que se había ido, diciéndome “Moshé le dejo el cuidado de la Embajada. Me voy a casa a comer un bocado y descansar un poco. Estoy rendido. Anoche me llamaron tres veces de Buenos Aires, y casi no pegué un ojo. Le advierto que si me llama, por cualquier cosa que sea, le despido…”. Sin embargo, lo primero que hice fue marcar su número, y al cabo de cierto tiempo una voz adormecida me contestó. Al referirle lo ocurrido, el diplomático casi se pone a llorar. “Por Dios, que no me dejan dormir. Estoy agotado. Hágame el favor, usted que conoce el idioma por qué no llama a la policía y hace lo necesario”. Y colgó.

A cargo de una Embajada amenazada de esa forma, ý habiéndose retirado días atrás la custodia que hubiera antes, me apresuré a marcar 100 y debo confesar que la policía me contestó de inmediato. Tomaron muy en serio mi relato, y en cuestión de minutos llegaron dos vehículos. Bajaron varios agentes y comenzaron a examinar la entrada, las escaleras y los alrededores del edificio. Un oficial y un sargento subieron al segundo piso y pidieron permiso para examinar el local. Se debe recordar que una embajada es extraterritorial, y a la fuerza policial le está vedado el acceso a no ser que sea con la anuencia del jefe de misión. Y como resultó que en aquella oportunidad éste era el autor de estas líneas, les di el permiso y comenzamos a examinar los tres las diversas oficinas. No encontramos nada sospechoso, pero me pidieron que bajara y esperara fuera una media hora. Así hice y cerré la puerta, uniéndome a las muchachas que me esperaban abajo. Los vecinos que todavía vivían en el edificio también fueron alertados, y abandonaron sus casas. Recuerdo que a uno de ellos, el pobre, tuvieron que sacarlo de la cama y meterlo en el auto familiar porque estaba con fiebre alta. En realidad no tomamos el asunto tan en serio, pero la prudencia nos obligaba a seguir el consejo de la Policía.

Luego de esos 30 minutos, volvimos a subir y reanudamos la actividad interrumpida. Un patrullero se quedó un tiempo aparcado en la calle, y poco después regresó el Consejero Colombo, que aunque irritado como nadie consideró que era su deber apersonarse en la Embajada. “Bueno, por hoy es suficiente. Ya se pueden ir”, nos dijo al ver que nosotros también ya estábamos cansados de trabajar y, además afectados por el evento. Había sido una falsa alarma, pero no había dejado de ser una amenaza. Qué alivio. Por mucho que tratáramos de aparentar que “aquí no ha pasado nada”, estábamos un tanto impresionados por esa experiencia

Mientras tanto, en esos días en la representación en Tel Aviv se multiplicaban los rumores, y hasta se hablaba de una posible ruptura de relaciones. Ese desenlace hubiera podido afectar nuestro empleo, pero eso era lo de menos: lo peor era que podía tener serias consecuencias para las relaciones entre Israel y la América Latina en general, y desde luego la Argentina en particular. Y lo más serio era la repercusión que hubiera podido afectar a los 300.000 integrantes de la comunidad en ese país. Trascendió que el embajador israelí en la capital argentina, Arié Levavi, había enviado un informe al Ministerio de Exteriores israelí, indicando la seriedad de esos hechos. “La ruptura de relaciones con Argentina sería un golpe mortal para los judíos locales,” cablegrafió el embajador, “y cuestionaría por mucho tiempo nuestra posición en toda América Latina”.

Israel envió al Gobierno argentino e hizo público entonces un comunicado en el que se aducía que sus servicios de seguridad le habían informado, que Eichmann había sido traído por “un grupo de voluntarios judíos, entre ellos algunos israelíes” y que el nazi había aceptado ser juzgado en Israel “para que las generaciones venideras tengan un cuadro real de los sucesos”. Según la carta, los “voluntarios” le habían entregado su prisionero al Mossad y recién entonces el gobierno se había enterado del tema. La versión no convenció a nadie, y mucho menos a los argentinos. En este aspecto, habría que concederles razón: la excusa era demasiada pueril para que fuera aceptada.

Según el historiador Raanán Rein, el agente Zvi Aharoni –quien había confirmado la presencia de Eichmann en Buenos Aires– dijo que le costaba “creer cómo alguien en el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí puede tener la esperanza de que de esa manera se pondría fin al episodio”. Efectivamente, la Cancillería argentina le entregó a Levavi el 8 de junio una severa nota de respuesta en la que exigía perentoriamente la devolución de Eichmann y castigar a los “voluntarios” a los que, con muy poco tino, acusaba de usar “métodos nazis”. En este medio se señaló que había “cierta” diferencia entre unos y otros, y aunque estuviera enojada, Buenos Aires incurrió de ese modo en un burdo error.

La situación creada había llegado a un punto muerto, como bien podíamos percibir en las oficinas de Hayarkón 68. Sin conocer todos los detalles de la cuestión, se vivían momentos de tensión. El público argentino estaba muy resentido por lo que los extremistas bien sabían aprovechar la coyuntura (“Israel ha atentado contra la soberanía argentina”) mientras que el público israelí estaba enfurecido ante “la incomprensión” del Gobierno argentino, y justificaba plenamente las razones que obligaron a Israel capturar a Eichmann del modo como lo hizo. Porque bien se sabía que de obrar de otra manera, Israel nunca hubiera podido aprehenderlo.

Moshé Yanai
Publicado por Desconocido @ 4:19 PM  | Reminiscencias
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios