No tenía porqué ser así. Capítulo VII - Gestiones
“Séptimo artículo de las reminiscencias de un israelí que tuvo que afrontar en el lado opuesto, el conflicto derivado de la captura del criminal nazi Adolf Eichmann.
En vista de la grave situación creada, el muy inquieto embajador israelí en la capital argentina recurrió al Primer Ministro, solicitándole que mandara una carta personal en términos menos formales al Presidente Frondizi. Ben Gurión siguió el consejo de Levavi y en su fluido modo de expresar redactó una nota en la que le explicaba la horrorosa envergadura del Holocausto y la calaña de quienes que habían cometido semejantes barbaridades. Decía que juzgar a Eichmann en Jerusalén era “un acto de suprema justicia histórica”, y con ello insinuaba que era necesario hacerlo no solamente para que Israel supiera todo lo que se había sufrido, sino para dar una lección a toda la humanidad. Con conocimiento de causa, Ben Gurión le recordaba que Frondizi “había combatido contra una dictadura” y “ha revelado un enfoque sobre valores humanos”, y agregaba su “sincera expresión de pesar” por la violación de “las leyes de su país.” Frondizi respondió con una carta también amable en la que expresaba “comprensión” por lo que sentían los israelíes hacia Eichmann, pero reiteraba el pedido de que el alemán fuera devuelto a Buenos Aires para que luego pudiera ser extraditado en modo indicado. Desde luego, éste era un pedido que Israel no podía aceptar, mientras que Frondizi insistía en lo suyo.
Es que, como ya se ha dicho, el mandatario argentino estaba acorralado por los extremistas, y en especial los antisemitas de Tacuara que entonces recurrieron a los sentimientos patrióticos de los argentinos para despotricar contra los judíos en general y los israelíes en particular.
Como se suele hacer en situaciones semejantes, también aquí se recurrió a intermediarios para sofocar el incendio que amenazaba propagarse. El historiador Rein menciona a un asesor presidencial, Mariano Weinfeld, por cuyo conducto Frondizi enviaba señales de paz a los israelíes: igual que Ben Gurión, no quería echar por la borda las excelentes relaciones entre ambos países, aunque no tenía realmente las menores ganas de ver a Eichmann de vuelta en Buenos Aires. En definitiva, esperaba que en su próxima gira europea se pudieran encontrar en terreno neutral y pensaba pasarle el tema a la ONU, de modo de que se le concediera un carácter más internacional y menos argentino.
La decisión del mandatario argentino fue todo un error. El periodista Sergio Cierna escribió en su momento en “Página Doce” que Frondizi había llegado a la presidencia con “apoyos cruzados y variopintos, entre ellos, los del nacionalismo”. Entre los resultados de semejante combinación, el embajador argentino ante la ONU era Mario Amadeo, un diplomático de carrera que en ningún momento ocultó su simpatía por el nazismo. Amadeo había renunciado a su carrera en enero de 1944, protestando por la ruptura de relaciones con el Eje. Perdonado y reincorporado, volvió a renunciar en marzo de 1945, cuando Argentina le declaró la guerra a Alemania y Japón. De los primeros nacionalistas en detectar a Perón y luego alejarse por su gusto por las masas, Amadeo era un fanático de Franco, al que veía como encarnación de un nazismo católico, y volvió al escenario político cuando Frondizi llenó todavía más la Cancillería de filonazis y conservadores católicos como Santiago Estrada, Carlos Florit y Luis María de Pablo Pardo”.
”Esta joya de diplomático” agrega el comentarista con merecida ironía, mantuvo una reunión en junio de ese año con la ministro de Exteriores de Israel, que como ya se ha indicado era la legendaria Golda Meir. Considerando representar al lado “ofendido” Amadeo se mostró muy perentorio: Israel no solamente habría de entregar Eichmann a la Embajada Argentina en Tel Aviv, sino incluso hacer una “reparación” por la ofensa cometida contra la soberanía nacional. En hebreo actitudes como la señalada son calificadas como jutzpá, que mal traducido al castellano sería insolencia. La Canciller israelí, sin inmutarse, propuso que Eichmann permaneciera unos minutos en territorio diplomático argentino, para ser entregado formalmente a las autoridades a fin de que fuera juzgado en Israel. Con el ceño fruncido, el diplomático argentino concluyó bruscamente la reunión. Se sentía ofendido.
Todos consideramos que la actitud del diplomático argentino era de una arrogancia y un descaro sin límites. Pero en realidad, el filonazi en cuestión no le hacía ningún favor a su país adoptando semejantes posturas.
La cuestión pasó al Consejo de Seguridad, que con su criterio desviado naturalmente censuró a Israel, aunque manifestó su horror por los crímenes nazis. En definitiva, instó a que se restauraran las “amistosas” relaciones entre Argentina e Israel, y pidió que Tel Aviv “indemnizara adecuadamente” a Buenos Aires. El escándalo del día fue, no asombra, de Amadeo, que comparó la llegada de los nazis a Argentina con la de refugiados judíos sin documentos, todos recibidos por igual. Meir le contestó que le parecía “por lo menos peculiar” comparar a Eichmann con sus víctimas y le recordó la postura oficial: Israel se disculpaba nuevamente por los actos de “algunos de sus ciudadanos”, pero no podía reparar lo que no había roto.
La situación se empantanaba. En Argentina, los nacionalistas echaban el grito al cielo por la ofensa a la sagrada soberanía. En Israel, la oposición señalaba la total imprevisión de las consecuencias del secuestro y la “incomprensión” de lo que podían sentir los argentinos. Frondizi estaba cada vez más preocupado: al llegar a la ONU, el tema se había trasladado efectivamente a Estados Unidos y ya empezaba a aparecer en reuniones donde se hablaba de inversiones esenciales al plan de desarrollo argentino. Israel pedía a los norteamericanos que hablaran con los argentinos, pero éstos se negaban a tocar el tema oficialmente.
Curiosamente, la idea salvadora vino de otro nacionalista, De Pablo Pardo. Este personaje era formalmente apenas el asesor letrado de la cancillería, pero ejercía un poder mucho mayor y, más relevante, y odiaba cordialmente a Amadeo. De Pablo Pardo invitó discretamente a su par israelí, Shabetai Rozen, a quien había conocido cuando ambos estaban en la ONU. Los dos letrados conversaron largamente en Buenos Aires sobre cómo terminar la crisis. El argentino le explicó al israelí que iban a echar “a patadas” al embajador Levavi, declarándole persona non grata, y que Estados Unidos ya había sido informado de la idea y la aceptaba. De Pablo Pardo aclaraba que en sesenta días se podían nombrar nuevos embajadores y que, si Israel aceptaba, todo volvería a la normalidad. Después de un breve y “simpático” encuentro con Frondizi, Rozen aceptó la idea.
En el marco de ese entendimiento, el 23 de julio el embajador Levavi era declarado “persona no grata” en la Argentina y abandonaba el país. El tres de agosto las cancillerías de Argentina e Israel emitieron al mismo tiempo un comunicado –que habían redactado juntos De Pablo Pardo y Rozen– en el que los israelíes se disculpaban por los actos cometidos por “algunos ciudadanos” y se daba por terminado el tema. El mismo día se cambiaban cartas secretas poniendo fecha para el nombramiento de nuevos embajadores. Israelí cumplió lo dispuesto, la Argentina no. Durante meses y meses hubo un encargado de negocios, pero embajador no llegaba y éste solamente apareció casi dos años más tarde, en 1962. Se llamaba Rogelio Tristany, era un diplomático de carrera, y no recuerdo que su breve presencia en Tel Aviv fuera excepcional. A éste le siguió Luis Castells que estuvo acreditado en Israel en 1963-64.
A continuación llegó otro nombramiento político, el radical Adolfo Gass, que estuvo tres años en Israel (1964-67). Como buen argentino y judío que era, realizó un gran esfuerzo para que desapareciera la sombra del caso Eichmann. Estimo que fue uno de aquellos embajadores que en aquella época dejó impresa su huella. Pero no se puede hablar de su gestión en un par de frases. Hace poco fue objeto de múltiples agasajos en Buenos Aires en ocasión de su nonagésimo aniversario, y desde estas líneas quisiera adherirme a esos gestos rendidos a esa distinguida figura, a ese ex diputado, ex senador y ex embajador, que más que un jefe fue para mí un cordial amigo.
Moshé Yanai