domingo, 25 de marzo de 2007

Publicado por fpaya @ 17:46


Gesto de Judizmendi y por otro lado, el indigno “juicio” de un judío inocente. Anales del judaísmo en el País Vasco (séptimo art.)

En forma distinta esta vez, se presentan dos casos contradictorios sobre el pasado del Judaísmo en tierras vascas. Aunque hubo y hay antisemitismo en las ex Provincias Vascongadas, ahora en Euskal Herria también se evidencian no pocos síntomas de otro modo de pensar.
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El gesto de los prohombres de Vitoria

Había llegado el Edicto de Expulsión. No sabemos exactamente cuál fue la reacción del consistorio, pero por su modo de ser se puede pensar que no era precisamente de su agrado. E n primer lugar, las relaciones entre cristianos y judíos no eran malas: había una suerte de tolerancia mutua. Además, la comarca pasaba por una época difícil. Catastrófica más bien. La peste negra, que unas décadas más tarde obligó a los habitantes a abandonar la ciudad, estaba haciendo estragos. Y gran parte de los médicos que atendían a la sufrida población, eran precisamente esos judíos que debían abandonar los dominios de los Reyes Católicos.

Se dice que a pesar del comando real, se les imploró que se quedasen. A pesar del terrible dictamen, los médicos siguieron cumpliendo su deber profesional. Llegado el momento de abandonar la tierra en donde habían vivido, los dirigentes de la comunidad llegaron a un acuerdo con el ayuntamiento: el procurador Isamel Moratán y el rabino Moisés Balid le entregaron el cementerio de sus antepasados y todo el terreno que lo circundaba, y solamente solicitaron que no se edificara ni se labrara en ese terreno sagrado. Eso ocurrió en la ciudad de Vitoria, ahora llamada Gasteiz. El lugar era una loma al este de la ciudad que conocida como Judizmendi o Judimend, que quiere decir en vasco o euskera “monte de los judíos”. Y ese era el campo sagrado de la comunidad israelita en el medievo de la actual capital del País Vasco.

El acuerdo había sido casi olvidado, cuando a mediados del siglo XX el ayuntamiento de Vitoria proyectó la construcción de un nuevo cementerio en la localización de Judizmendi. La noticia llegó a oídos de la comunidad judía de Bayona, en el llamado País Vasco Francés, que efectúo una reclamación al respecto. La reclamación fue atendida por el ayuntamiento que plantó árboles en el emplazamiento de Judizmendi y en 1952 se suscribió un nuevo acuerdo entre el Consistorio Israelita de Bayona (como heredero más cercano de la comunidad judía expulsada de Vitoria) y el alcalde de la ciudad que sustituyó al convenio de 1492, liberando al ayuntamiento de Vitoria de algunas de sus antiguas obligaciones a cambio de mantener el recuerdo y el respeto del antiguo cementerio.

La remodelación del Parque de Judizmendi ha permitido ampliar el parque. En uno de sus extremos se ha construido una escuela de educación primaria, en cuyo patio se ha erigido un monolito que recuerda el hecho histórico que, tuvo lugar hace más cuatro siglos. En recuerdo del antiguo cementerio judío, han plantado olivos y se ha instalado una preciosa obra titulada "Convivencia" de la artista israelí Yael Artsi. El Centro Cívico de Judizmendi situado en la Plaza Sefarad es el lugar más transitado por los habitantes de la ciudad. Es un centro de integración social de los muchos con los que cuenta la ciudad de Vitoria-Gasteiz. Parece ser un ejemplo de lo que puede hacer el deseo de convivir, de la tolerancia mutua y de hacer caso omiso de ideas extremistas y racistas.

Lamentablemente, ésta solamente es una versión de la actitud local. Aunque la historia parece plausible, hay otras pruebas que indican las relaciones entre cristianos y judíos en el País Vasco no siempre fueron ideales. Existen otras no tan positivas, que apuntan a una intolerancia latente, que explota en una u otra oportunidad. Quisiera citar una que aparece en los anales históricos de la región.

El juicio del judío Tello

En julio de 1485, siete años antes de la expulsión, el alcalde de Vitoria Juan Fernández de Paternina, persona de gran abolengo y no menos influencia, ordenó detener al judío Jato (Yaacov) Tello por el delito de blasfemia y reniego de Dios. El aludido, sobre el cual no se tiene muchos datos, negó categóricamente la acusación, que se basaba solamente en la palabra del primero ya que no había testigo alguno. El jefe de la comunidad ordenó entonces que el reo fuese torturado. Aunque no se sabe a ciencia cierta cómo se hizo, se estima que se aplicó la tortura común de la época, que era la del agua. Atado de pies y manos, el supuesto delincuente era colocado sobre el potro o en una escalera, cabeza abajo, y se introducía por su boca, a través de un paño, cierta cantidad del líquido cuidando que sufriera lo indecible pero que no llegara a ahogarse. El pobre judío padeció dos veces una tortura que, según relató más tarde, le resultó ser “sumamente cruel”, y cada vez terminó el suplicio confesando que la acusación era cierta. Pero cuando se le requería que ratificara lo declarado, volvía a proclamar su inocencia. Para ser franco, en la época en que se vivía, en el que el judío era tan denigrado y perseguido, ¿acaso se puede pensar que uno de ellos blasfemara a Jesucristo?

A pesar de que el alcalde no logró su objetivo, dictó una severa sentencia: mutilación de la lengua, cincuenta azotes, pérdida de la mitad de sus bienes y pago de las costas procesales. En principio, el número de azotes que debía recibir, según la legislación, era de cien pero, en este punto el alcalde moderó la pena. Algo parecido ocurrió también respecto a la mutilación de la lengua, ya que la sentencia fue conmutada para que fuera enclavada en la picota de la plaza pública, lo que tampoco no deja de ser un acto inhumano. Este cambio parece que se debió a la intervención de diversas personas, quienes influyeron en el ánimo del alcalde para evitar la aún más terrible pena corporal.

Luego del fallo judicial, Jato Tello tenía derecho a recurrir ante instancias superiores que en su caso era el tribunal de apelación de la Real Cancillería de Valladolid. Sin embargo, el alcalde vitoriano procedió a ejecutar la sentencia, ignorando el derecho del reo a apelar. En primer lugar, fue escarnecido públicamente, al ser montado en un asno con una soga de esparto a la garganta y fue conducido de esta forma desde la cárcel municipal hasta la plaza pública, donde se encontraba el cadalso. Durante el recorrido, el pregonero anunciaba a viva voz cuál era la culpa del condenado y su castigo. A la vista de todos los concurrentes al acto se le dieron los cincuenta azotes y se le clavó la lengua. El tiempo que permanecía un miembro clavado, ya fuera mano, lengua, oreja, etc. por lo general era de una hora, aunque podía llegar hasta cuatro horas. En el caso de Tello, fueron los propios vecinos quienes solicitaron al alcalde que mitigara el dolor, de modo que poco después aquél ordenó que se la desclavara. Pareciera como si el pobre judío de ese modo denigrado y castigado contaba con la simpatía general de los vecinos.

Las tribulaciones por las que pasó el judío vitoriano (tortura judicial, escarnio público, azotes, enclavamiento de lengua y confiscación de bienes) encontrarían justa compensación en el tribunal de la Cancillería vallisoletana pero no fue una tarea fácil. La mujer de Jato Tello, Buenaventura, se presentó ante las puertas de la casa del alcalde Paternina para solicitarle un traslado del proceso, imprescindible para poder reclamar justicia ante una instancia superior. La esposa del condenado, una verdadera “eshet jail” (mujer valerosa), demostró su osadía y conocimiento al insistir ante el alcalde vitoriano que se le permitiera apelar su sentencia. Sin embargo, en principio, no consiguió copia del proceso, por lo que debió recurrir al Consejo Real, desde donde el alcalde y el escribano de la causa fueron ordenados en septiembre de 1485, a entregarlo. Ahora ya podían iniciar la apelación ante los alcaldes del crimen de la Real Cancillería de Valladolid, quienes escucharon el relato de los acontecimientos vividos por Tello desde que un día de julio de 1485 fuera detenido y acusado por blasfemo. El 30 de noviembre de 1485 el Consejo Real despachó una carta al alcalde para que se presentara y, señalando que en caso contrario, sería declarado rebelde a la justicia. Ahora bien, Jato Tello sospechaba que durante la tramitación del pleito, el alcalde, persona poderosa y máxima autoridad política y judicial de Vitoria, o sus criados o deudos pudieran infringirle algún daño, incluso matarlo, al igual que a su mujer, hijos, criados y procuradores; en definitiva, que ninguno de ellos podría estar seguro. Por ello solicitaron a los monarcas una carta de amparo para que sus personas y bienes quedaran protegidos frente a posibles acciones de represalia de Paternita y sus allegados. Esa carta fue otorgada el 2 de diciembre de 1485 y los Reyes Católicos ordenaron que fuera pregonada públicamente por las plazas y mercados de Vitoria, para que todos supieran que Jato Tello, su familia y bienes pasaban a estar bajo la protección real.

En última instancia, los alcaldes de la Sala del Crimen de la Chancillería, aceptaron la apelación y un año luego de realizarse el proceso, el 20 de julio de 1486, anularon el juicio de Juan Fernández de Paternita. Además, revocaron su sentencia y absolvieron a Jato Tello de todo lo pronunciado contra él así como ordenaron que le fuera devuelta su honra, buena fama y hacienda. Finalmente condenaron a Juan Fernández de Paternina al pago de las costas procesales del pleito, que ascendían a 7.500 maravedíes.

La forma y manera en que debía ser devuelta la honra a Jato Tello también quedó especificada en la sentencia: que se "pregonara públicamente en la dicha ciudad y por las plazas y mercados acostumbrados que ninguna ni algunas personas no sean osadas de decir al dicho Jato Tello ni a su mujer ni hijos que fue azotado ni enclavada su lengua ni otra mengua ninguna referida a la justicia que de él fue hecha en la dicha ciudad por mandamiento del dicho Juan Fernández de Paternina alcalde, bajo pena de dos mil maravedíes cada vez que lo dijeran", aplicados, la mitad para reparar la muralla de Vitoria y la otra mitad para Jato Tello. Esta forma de llevar a efecto la restitución del buen nombre coincide con la manera en que fue escarnecido públicamente ya que, montado en un asno fue paseado por la ciudad proclamando su delito y su pena y, a la vista de todos, fue ejecutada la sentencia.

Una nota personal al pie de este comentario. No se debe considerar lo que antecede como el colmo de la maldad antijudía. En la larga historia del judaísmo hispánico se citan casos discriminatorios e injustos más horribles e inhumanos. El hecho que el proceso haya sido debidamente documentado, me ha permitido exponerlo con detalle. Con ello no quisiera señalar que fuera la excepción de la regla sino, todo por el contrario, un ejemplo del modo –y no el peor de ellos- como se trataba a esta minoría en aquellos tiempos.

Médicos

No se ha hallado ninguna alusión a la presencia de judíos en la ciudad de Bilbao, la mayor del País Vasco, que fue fundada solamente en el año 1300, circunstancia que puede explicar esa situación. Empero, el estudioso vasco Juan Gondra Rezola revela que habían sido varios los médicos de origen judío que trabajaron en esa pujante ciudad en los siglos XV y XVI. Y lo interesante del caso es que al parecer fueron muy considerados por la población bilbaína sin ser molestados por la Inquisición. Revela que en un momento dado, de los 35 galenos que trabajaron en la ciudad en los dos siglos que siguieron a su creación, por lo menos 10 ostentaban apellidos que denotaban su origen judío. Sin embargo, el que probablemente fuera el último de ellos, sí se vio obligado a defender sus intereses ante los tribunales de justicia, no por cuestiones de religión, sino por causa de celos profesionales.

En el año 1622 eran tres los médicos que trabajaban en Bilbao: Juan Ochoa de Dudagoitia, Martín de Anitua, vizcainos ambos y un portugués, el licenciado Martín Rivero, que llevaba ya doce años ejerciendo su profesión en la Villa. Parece ser que los dos primeros miraban con recelo al extranjero y pensaban que su alejamiento podría incrementar su clientela, así es que juntos acordaron recurrir a los tribunales para conseguir el extrañamiento de aquel extranjero llegado de Portugal, de donde tantos “marranos” habían llegado en aquellos años.

Así fue como estos galenos se dirigieron al tribunal del Corregidor diciendo que su colega debía de ser expulsado de Bilbao porque era extranjero y no había probado su hidalguía, cosa que exigía el fuero vizcaino. Contestó Rivero diciendo que efectivamente era nacido en Portugal y llevaba más de doce años viviendo en Bilbao, pero que no pretendía avecindarse,

sino solamente ejercer la medicina; que muchos otros extranjeros como él, residían en la Villa dedicados al comercio y la navegación sin ser molestados y sin que se les exigiera “limpieza de sangre.

Oídas ambas partes, Juan González de Salazar, Corregidor del Señorío, pidió información al Ayuntamiento bilbaíno acerca del médico luso y recibió excelentes informes, tanto acerca de su pericia profesional, aspecto éste en el que quedaban peor parados sus competidores, como en su aspecto personal. A la vista de todo esto falló que no se debía aceptar la demanda presentada.

Esta sentencia no fue del gusto de los demandantes, quienes recurrieron al tribunal de apelación de Valladolid, instancia superior para Bizkaia, repitiendo los mismos argumentos, pero no les sirvió de nada, pues el juez confirmó la sentencia del Corregidor y desestimó la demanda de extrañamiento.

La judería del País Vasco

En el presente Euskadi, o sea el País Vasco, no se tiene noticia de que hubiera muchas juderías. Los contados hebreos que había, vivían diseminados en los pueblos sin formar comunidades propiamente dichas. Así adoptaban de hecho la modalidad de vida propia de los vascos, en el conocido baserri -caserío-. Se cita el caso de un judío de Guipúzcoa, conocido como Don Gaón, que era comisionado del contador y recorría la zona buscando a los evasivos contribuyentes. Y se sabe que fue muy mal acogido por sus compatriotas de Tolosa, y que fue en esa ciudad donde perdió la vida.

Pero se tiene noticia que en el siglo XIII había judíos instalados en núcleos de la provincia de Alava vinculados a las rutas comerciales. En esta centuria existían juderías en las poblaciones de Antoñana, Antenaza, Barrio-Espejo, Berantevilla, Caicedo Yuso, El Villar, Estavillo, Fontecha (existió importane judería), Guevara, Labastida, Laguardia (reino de Navarra), Mendoza, Morillas, Ocio, Peñacerrada, Puentelarrá, Salinas de Añana, Salinillas de Buradón, Salvatierra (la judería local aparece citada desde el año 1382, y en 1474 los judíos de ese pueblo pagaron una pecha de mil maravedíes) y Santa Cruz de Campezo. El resto de territorios vascos conocieron la implantación judía a partir de los últimos siglos medievales, encontrándolos en Balmaseda (“cuya judería llegó a contarse entre las más activas de la península”) y Abadiano (Bizkaia), Arrasate/Mondragón y Segura (Gipuzkoa) y, en los albores de la modernidad, en Bayona, Biarritz, San Juan de Luz y Ciboure (Labourd), todos ellas en el llamado País Vasco Francés, y Bidache (Baja Navarra), también al otro lado de la frontera.

A propósito, el País Vasco francés es una región del sur de Francia, integrada en el departamento de los Pirineos Atlánticos. Su denominación en euskera es Iparralde o Ipar Euskal Herria ("Lado Norte" o "Euskal Herria Norte", respectivamente), y en francés Pays basque. En ocasiones es denominado País Vasco continental, en oposición al País Vasco peninsular. En Francia no constituye una unidad administrativa pero sí una región histórico-cultural reconocida; las tres provincias o territorios que la componen son : Labort (Lapurdi en vasco, Labourd en francés), Baja Navarra (Nafarroa Beherea -- Behenafarroa en vasco, Basse-Navarre en francés) y Sola (Zuberoa en vasco, Soule en francés).

Al ser expulsados de España los judíos de Álava se dirigieron al Reino de Navarra, que fue independiente hasta 1512, hasta que en 1498 se dictó su expulsión. Entonces se dirigieron a la ciudad francesa de Bayona, fundando el barrio denominado Espíritu Santo. Su historia es bien interesante, pero aquí me limitaré a indicar que siguieron formando un grupo compacto que, aunque aparentemente cristiano, mantenía en secreto su identidad judía. Hasta que en un momento dado, volvieron abiertamente al judaísmo. En loos anales del judaísmo francés se lo considera como la primera comunidad luego de las expulsión que dictaron en su momento los reyes de Francia, mucho antes del Edicto de los Reyes Católicos.

Vitoria

Se sabe que la judería de la presente capital vasca fue la más importante de toda la región, y se la sitúa entre las calles llamadas Nueva Fuera y Nueva Dentro, en el Casco Medieval de la ciudad. Como ya se ha visto se han conservado importantes referencias históricas de la presencia judía en esa ciudad, y parece ser que en su momento todos los médicos judíos eran judíos o conversos. El 12 de mayo 1992, coincidiendo con el quinto centenario de la Expulsión, el ayuntamiento decidió rendir un homenaje a esa presencia y denominar la calle Nueva Dentro como Nueva Dentro – Judería. Pero recientemente (el 7 de este mes, para precisar) se ha tenido noticia de la queja de un vecino de esa ciudad, reclamando que los carteles oficiales de esa vía no recogen su nuevo nombre. De ser así, desde estas líneas reiteramos el pedido de ese recto varón, D. Javier Otaola, que ha demostrado su inquietud para que se cumpla lo prometido.

Borrar un libelo infame y un libro para leer

Para terminar, dos notas más positivas. La redacción de El Reloj ha recibido una notificación de un ciudadano vasco que no es judío, quien ha elevado una reclamación judicial ante la Diputación Foral de Guipúzcoa, exigiendo “la inmediata retirada del panfleto del presbítero Mariano Aridita Lasa de 1904”. Como tal vez se recuerde, el tema fue enfocado por el autor de esa líneas en un artículo previo publicado en este lugar (“Difamación Insoportable”, 14.02.07), en el que se revelaba la publicación de un libelo antisemita en el sitio oficial de esa comunidad autónoma. Aunque no se conoce el desenlace de esa intervención, nos complace anunciar que el artículo de referencia ha dado lugar a una iniciativa encaminaba a borrar esa injusta difamación del judaísmo.

Y además, en 1998 la traductora y directora vasca de programas infantiles Toti Martínez de Lezea inició su carrera de escritora con la publicación de su primera novela histórica, intitulada “La calle de la judería”. El argumento discurre sobre la vida de una familia judeo-conversa , basada en hechos y personajes reales que una vez deambularon por las calles del Casco Viejo de la capital vasca. Dice la autora, que ha sido galardonada con varios premios por ésta y otras obras publicadas posteriormente: "He querido dar una visión de lo que fue o pudo ser la vida de los personajes de esta historia. Era muy importante para mí mostrar esta cara oculta de nuestro pasado y contribuir, en cierta manera, a la tolerancia, al mejor entendimiento de una parte de nuestra historia”.

Y en uno de los comentarios publicados se puede leer lo que sigue: “Al final de la lectura, le queda al lector la sensación en la boca de que la España de los Reyes Católicos, y quizás también la posterior, debe mucho a los judíos, ya que a través de sus relaciones comerciales, favorecieron un gran crecimiento y mucha riqueza. Que fue una pena la expulsión, todos estamos de acuerdo, y que posiblemente si no se hubiera producido, hoy el catolicismo tendría otro cariz y otra forma de vivirse, también es cierto”.

Moshé Yanai

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