viernes, 07 de abril de 2006

Publicado por fpaya @ 15:07


BS"D

Las parábolas del Maguid de Dubno
La Torá y sus mandamientos

¿Por qué se eligió a Israel para recibir la Torá? El Midrash y el Talmud nos cuentan que antes de dar finalmente Su Santa Ley a Israel, Di-s la ofreció a todas las demás naciones. Pero cada una de ellas la rechazó, pues ninguna estaba dispuesta a verse cargada por regulaciones que restringirían su elección de cualquier modo de vida que pareciera más fácil y placentero. El pueblo de Israel fue el único que aceptó la Torá libre e incondicionalmente. Pregunta el Maguid –Predicador- de Dubno: ¿Cómo presentó Di-s Su Ley a una nación tras otra, ofreciéndola para ser aceptada incondicionalmente? Y procede a ilustrar su explicación con una parábola:

“El declara Su palabra a Iaacov, Sus estatutos y ordenanzas a Israel. No lo hecho así con ninguna otra nación, y Sus ordenanzas no les ha dado a conocer”.
-Salmos 147: 19-20-


Un comerciante fue una vez a un almacén mayorista para comprar prendas de vestir a crédito. El tendero se mostró más bien reservado y le mostró algunos de los artículos que ofrecía, pero no extrajo sus principales mercancías, y citó precios altos para todo lo que tenía en exhibición. Al final, el comerciante abandonó el almacén sin haber comprado nada.
Poco después entró otro cliente y dijo que estaba dispuesto a pagar en efectivo. Esta vez el tendero extrajo lo mejor y más vendible de sus existencias y citó precios al por mayor razonables. Pronto se hizo una venta y el cliente se fue, bien satisfecho.
Después de cerrarse la puerta del almacén, un aprendiz, que había observado los acontecimientos, preguntó a su patrón por qué había sido tan obviamente discriminatorio con el cliente que había querido hacer compras a crédito. Contestó el tendero: “¿viste al primer hombre? De una mirada yo podía decir que no era confiable y jamás habría saldado sus deudas. Tenía que ser cortés con el hombre, pero no estaba ansioso por hacer negocios con él y actué en consonancia. Ahora bien, el otro hombre, que siempre paga en efectivo lo que compra, es un viejo cliente, un caballero confiable a quien, de hecho, yo habría extendido crédito ilimitado si lo hubiera pedido. Naturalmente, me complace hacer negocios con una persona así e hice lo mejor que pude para satisfacerlo.
El Supremo, dijo Rabí Iaacov, tenía la mercadería más preciosa de todas en oferta –la Santa Torá. Ahora bien, el conocía de antemano cuál sería la actitud de las demás naciones. Estaban ansiosas por disfrutar de los placeres de este mundo a pleno, y por lo tanto a duras penas podían ser confiables de que observaran la Ley. En consecuencia,
Di-s no estaba ansioso por que la tuvieran. No obstante, no deseó ser descortés, y por eso ofreció Su Torá a una nación pagana tras otra. Sin embargo, en cada caso, enfatizó aquel aspecto de la Torá que resultaría más difícil de aceptar a esa nación. Así, por ejemplo, cuando la presentó a los edomitas, les contó, ante todo, del Sexto Mandamiento, que prohibe el asesinato, pues los hijos de Eisav habían hecho del homicidio una parte de su modo de vida. A los amonitas y moabitas, notorios por sus harenes, les mostró, ante todo, el Séptimo Mandamiento, que prohibe el adulterio. Todas estas naciones habían demostrado a lo largo de su historia previa que serían incapaces de observar un Código de Leyes como el contenido en la Torá, y Di-s prefirió no dárselo a ellos, pues de las leyes de la Torá se espera que sean observadas, y no violadas.
Los Hijos de Israel, sin embargo, habían probado desde sus albores su constancia y disposición por hacer cualquier cosa que dispusiera la voluntad de Di-s. Por lo tanto, Di-s ansioso de que tuvieran Su Torá, les reveló toda la profunda sabiduría que Su Ley Eterna contenía.

LOS VALORES ETERNOS DE LA TORA Y LAS MITZVOT.
-“El Libro de esta Ley no se apartará de tu boca, sino que la estudiarás día y noche, para ser cuidadoso en actuar según todo lo escrito en él, pues entonces harás prosperar tus caminos, y tendrás éxito”.
-IEHOSHUA 1:8-
La Torá, cuando es diligentemente estudiada y estrictamente observada, puede ayudarnos a superar las dificultades de la vida diaria. Los valores eternos que contiene perduran constantes en todo tiempo futuro. Otras ideas pueden venir e irse, pero los excelsos ideales de la Torá regirán por siempre.
El Maguid de Dubno solía ilustrar esta importante lección con una simple parábola:
Un hombre que, por fuerza de las circunstancias, quedó reducido a la pobreza, abandonó finalmente su tierra natal para comenzar de nuevo en otra parte. El buque con que partió atracó en una isla casi enteramente sin tocar por la mano de la civilización moderna. Fue allí donde nuestro amigo decidió radicarse.
Las condiciones en la isla eran lo más primitivas que se podría imaginar. Los morenos nativos sólo conocían los más elementales rudimentos de la agricultura y contaban únicamente con unas pocas especies frutales y de cereal, por lo que ansiosamente se apiñaron alrededor del recién llegado cuando dio a conocer que había traído consigo una gran variedad de frutas y vegetales. El hombre blanco se asombró cuando los isleños le pagaron con piedras preciosas. Parece que se trataba de un arcón conteniendo un tesoro que había varado en tierra de un naufragio, y su contenido tenía poco valor para los nativos, quienes lo consideraban nada más que guijarros de color.
Nuestro amigo se construyó una casa, empedró el suelo alrededor de ésta, y con el tiempo se hizo famoso por el dorado grano y las suculentas frutas que había logrado hacer crecer. Gradualmente llegó a olvidar su tierra natal e incluso a la esposa e hijo que había dejado atrás. Se casó con una de las nativas, quien le dio varios hijos. Antes de morir, reunió a sus hijos e hijas y les contó que tenía otro hijo, de un casamiento anterior, viviendo en un país allende los mares.
“Es muy instruído e inteligente”, les dijo, “ y quiero que lo inviten aquí después de que yo pase a mejor vida”. Muéstrenle mis frutos, mis granos y mis semillas, y también mis piedras preciosas, y díganle que puede tomar como su herencia cualquier cosa que escoja, pues, de hecho, él es mi hijo primogénito”.
Tras la muerte de su padre, los hijos hicieron tal como él les había pedido y llamaron a su medio hermano extranjero para que viniera. El joven, por supuesto, viniendo de un país civilizado, eligió inmediatamente como su herencia los diamantes, esmeraldas y rubíes que su padre había dejado y apenas si echó una mirada a los establos y almacenes que los hijos de su padre le mostraron. A los isleños les pareció bastante ridículo que el extranjero desdeñara los preciosos granos y frutos y se contentara con los brillantes guijarros que abundaban en la isla. Y sus medio hermanos más jóvenes simplemente no podían comprender por qué pensaba su padre que fuera tan inteligente.
Al extranjero le gustó tanto la isla que decidió quedarse allí. Pronto comenzó un proyecto a gran escala para enseñar métodos agrícolas modernos a todos los nativos, de modo que también ellos pudieran lograr las abundantes cosechas por las que su padre se había hecho famoso.
Resultó más exitoso, y unos pocos años después toda la isla se había convertido en una vasta extensión de fértiles jardines y campos.
Pero con la superabundancia de frutas y vegetales, el sentido de valor de los nativos experimentó un cambio gradual. La fruta y el maíz, que parecía estar por todos lados y yacía pudriéndose en las calles, perdieron importancia, mientras que las joyas, de las que ya pocas quedaban en la isla, aumentaron su valor sorprendentemente. Ahora el hombre blanco, con su cofre lleno de piedras preciosas, era considerado fabulosamente rico, y sus medio hermanos dijeron:
“¡El era inteligente, después de todo!” Miró hacia delante, vio qué depararía el futuro, y se aseguró de tener una abundancia de aquello que sería de valor en todo el mundo, mientras que nosotros fuimos estúpidos y pensamos únicamente en el lugar y el tiempo presente”.
Dijo Rabí Iaacov: la mayoría de nosotros, también, es proclive de ser como los nativos de aquella remota isla. Adoptamos cualquier sentido de valor que es corriente en la sociedad en que circunstancialmente vivimos y poco pensamos en el futuro. Pero, como nuestros profetas nunca han dejado de advertirnos, llegará el día en el que los valores eternos e inmutables serán restablecidos una vez más, cuando el mundo el mundo abandonará los lujos que han demostrado ser pasajeros y perecederos y regresará a los ideales eternos dispuestos en la Torá y las Mitzvot dadas por Di-s al pueblo de Israel sobre el Monte Sinaí.
“Entonces se abrirán los ojos del ciego, y los oídos del sordo serán destapados” (Isaías 35Avergonzado
“Y la gloria del señor será revelada, y toda carne verá junto, pues la boca del Señor ha hablado” (Isaías 40Avergonzado. “Y la palabra de nuestro Di-s perdurará por siempre” (Isaías 40RollEyes.

SIN OMISIONES, SIN ADICIONES.
“Todo esto que Yo te ordeno, ten cuidado de hacerlo; no le agreguéis, ni quitéis de él”.
-Deuteronomio 13:1-
Una y otra vez nuestra Torá nos cuenta que sus mandamientos representan la voluntad de Di-s, que debemos obedecer fiel e implícitamente si hemos de obtener la aprobación de nuestro Padre Celestial.
Las leyes de la Torá no son de manufactura humana, sino Divinamente dadas; en consecuencia, no debemos desviarnos de ellas, a izquierda o derecha. Cualquier cambio que hagamos en la Ley, sea en la forma de reducción o por medio de legislación adicional, sólo servirá para privar a los mandamientos de su valor y caracteres Divinos.
La mayoría de nosotros ha llegado a comprender que no debe osar dejar de lado o derogar ninguna de estas leyes; pero muy bien podríamos preguntar por qué habría de estar prohibido también esclarecer leyes adicionales, nuevas, o agregar a las ya existentes, lo que sólo serviría para aumentar el poder y alcance de la Torá dada por Di-s.
Dijo Rabí Iaacov de Dubno: “Le contestaré con una parábola. Reubén prestó una vez un plato a su amigo y vecino, Shimón. Después de algún tiempo Shimón devolvió el plato, pero también dio a Reubén un platillo, comentando que el plato había tenido progenie, que él estaba devolviendo a su legítimo propietario. Reubén aceptó el regalo sin hacer preguntas. Unas semanas después, Simón pidió a Reubén una jarra, y cuando la devolvió, también trajo una jarra más pequeña, explicando que también la jarra había tenido un hijo. Nuevamente, Reubén no protestó. Pasaron unos meses Entonces Reubén prestó a Shimón un candelabro de plata, pero esta vez Shimón no lo devolvió. Cuando Reubén pidió a Shimón que se lo regresara, Shimón informó tristemente que el candelabro había muerto.
“¿Por quién me tomas?”, gritó Reubén airadamente. “Sabes tan bien como yo que un candelabro no puede morir”.
Shimón contestó serenamente: “Cuando te dije que tu plato y tu jarra habían tenido progenie, me creíste sin disputarlo. Pues bien, si los platos y las jarras pueden reproducirse, ¡también los candelabros pueden morir!
Esta divertida breve historia, dijo Rabí Iaacov, nos ayudará a comprender la actitud que debemos asumir ante la Ley de Di-s. Si nos permitiéramos agregarle nuevas leyes de nuestra propia elaboración, gradualmente olvidaríamos que nuestra Ley es de origen Divino, y sin siquiera darnos cuenta dejaremos de considerarla inviolable y derogaríamos aquellas leyes que nos parecen demasiado difíciles o inconvenientes de cumplir. Por lo tanto, la Torá nos ha dicho: “No solamente no tenéis permitido reducir de la Ley; se os ordena de manera igualmente estricta cuidaros de agregar a ella. Pues quien quiera manipule de cualquier forma la Ley de Di.s pronto dejará de creer en su naturaleza Divina, y entonces la Torá y sus mandamientos no serán fortalecidos sino únicamente debilitados por sus acciones”.
LEYES Y ESTATUTOS
“Este es el estatuto de la Ley que el Señor ha ordenado, diciendo: ‘Habla a los Hijos de Israel, que te traigan una novilla roja, sin imperfección...’”.
-Números 19:2-
Si estudiamos las mitzvot de nuestra Torá desde una perspectiva únicamente humana, podemos dividirlas en dos categorías distintas: primero hay Mitzvot Sijliot (leyes racionales), aquellas normas morales aceptadas universalmente que son fácilmente admitidas por cualquier ser humano inteligente, como el mandamiento de no robar, coincidente por entero con nuestro sentido natural de justicia y equidad, o no matar, que se ha vuelto igualmente parte de casi cada código civilizado de leyes hecho por el hombre.
Luego, sin embargo, tenemos las Mitzvot Jukiot, los llamados “estatutos”, para los que el intelecto humano finito no puede conocer la explicación completa, pero que no obstante debemos aceptar y observar porque nos han sido dados por Di-s. Quien sabe que es lo mejor para nosotros y a Quien debemos obediencia absoluta e incuestionable.
Quizás el más enigmático de todos estos estatutos es la ley relacionada con la purificación que se logra por medio de las cenizas de una novilla roja, que incluso el Rey Salomón, el más sabio de todos los hombres, no pudo explicar. Entre otros estatutos tales, conocidos como jukim, están las leyes de shaatnez, la prohibición de plantar y cultivar ciertas mezclas de plantas y la cruza o el jalado del arado por parte de tipos diversos de animales (Lev. 19:19); la prohibición de rasurarse con una navaja (lev. 19:27) y aquella de beber sangre (Gen. 9Arcoiris.
Estas leyes pueden parecer extrañas al estudiante moderno, pero debe recordarse en todo momento que, como las así llamadas leyes morales y civiles de la Torá, también estos preceptos son dados por Di-s y por lo tanto deben tener nuestro bienestar como su propósito.
Podríamos preguntarnos: ¿Si estos estatutos verdaderamente pretenden el bienestar de nuestro pueblo, por que fueron dados sólo en el Monte Sinaí, y no siglos antes a Avraham, Itzjak y Iaacov, quienes también fueron judíos en el sentido más amplio de la palabra?
Dijo Rabí Iaacov de Dubno: Di-s dotó originalmente al hombre con el instinto físico natural para seleccionar por sí mismo sólo aquellos alimentos que son conducentes a su supervivencia y buena salud, y cultivar únicamente hábitos tales que mejorarán su bienestar. Este mismo instinto, si se le permite rienda suelta, lo impelerá a evitar todos esos alimentos y hábitos que pueden hacer peligrar su vida y salud. Nuestros patriarcas, Avraham, Itzjak y Iaacov vivieron vidas de tal prístina pureza que supieron en todo momento qué era el bien y qué el mal no solamente en la sociedad humana, sino también para su propio bienestar físico y espiritual. Todas estas cosas les fueron claramente reveladas, por lo que nos precisaron de una Revelación especial para aprenderlo. Pero nuestros antepasados murieron, y los hombres y mujeres que vinieron tras ellos no estaban tan cerca de Di-s como sus antepasados. Su instinto puro dado por Di-s había sido gradualmente sepultado bajo las amenidades y artificios que habían pasado considerarse aspectos esenciales de la vida cotidiana. Ya no estaban seguros de qué era bueno y qué era malo, y por eso Di-s tuvo que proclamar Su Ley para que todos la oyeran, para que si el instinto ya no podía orientarlos, la Palabra de Di-s fuera su guía.
Esta Ley, que conocemos como nuestra sagrada Torá, fue dividida en dos partes. Una, los códigos civiles y criminales, leyes conducentes al bienestar social, que la razón pura nos dictaría aun si no supiéramos de su origen Divino. La segunda, los jukim, estatutos que el hombre ya no tiene más el don de comprender pero que son esenciales, no obstante, para la felicidad y buena salud de cada individuo. Aquellos que, en días mejores de antaño, habían sido parte inseparable de la vida, y surgido tan naturalmente en nuestros antepasados como su respiración misma, ahora tuvieron que ser presentados en un código legal explícito, no sea que el hombre llegara a desdeñarlos y sufriera por ello.
“Este es el decreto de la Torá”, se nos dice de estos estatutos. Cada uno de ellos es una juká proclamada por el Divino Legislador y debe observarse estrictamente, aunque podamos ser incapaces de concebir su significado, incluso cuando leemos en el Libro de Iyov: “mira, el temor al Señor es sabiduría; y apartarse del mal es comprender (Iyov 28:28).
Además, no debemos considerar arbitraria ninguna de las leyes de Di-s, como antojos y caprichos de algún poder irracional. Debemos saber y recordar en todo momento que fueron impulsados por la Sabiduría infinita, demasiado profundos para que nuestro limitado intelecto pueda captarlos.
Se nos dice: “Y estas palabras, que Yo os ordeno hoy, estarán sobre vuestro corazón” (Deut.6Helloween. Nótese que no se nos dice “en vuestro corazón” sino sobre vuestro corazón”. Los mandamientos de Di-s deben estar sobre nuestros corazones, siendo un deber sobre nosotros y no estamos sujetos a las emociones que albergamos muy profundamente en nuestro interior. Por lo tanto, no digas “No puedo observar las mitzvot, pues no las comprendo”. Sin considerar si tu intelecto puede captar las mitzvot o no, es tu deber observarlas “sobre”, por encima de las emociones y los deseos de tu corazón.
En vista de lo que acabamos de aprender, parecería obvio que el propósito de la entrega de la Torá sobre el Monte Sinaí no fue tanto la promulgación de las leyes morales que todas las nacion4es civilizadas observan ahora, sino, mucho más específicamente, la proclama de los jukim, aquellos estatutos que el hombre no observaría de no habérsele ordenado ello con una directiva explícita de Di-s Mismo para que las obedezca en aras de su propio bienestar y felicidad.



Luz Gil

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